“Ningún lugar”, el nuevo libro de Hoski

“ESCRIBO PARA PAGAR UNA DEUDA SUBJETIVA”

Hoski. Foto: SdR / Joaquín Di Lorenzi

Hoski es escritor, poeta, músico, performer y docente. Con la excusa de la publicación de su último libro, “Ningún lugar” (Estuario, 2017) –una colección de cuentos “que funcionan como una novela”-, Hoski cuenta sus motivaciones a la hora de escribir, da algunas claves para leer su libro y habla de la relación entre el arte y el dolor, además de la técnica que desarrolló para trabajar sobre sus recuerdos autoficcionales. “Ningún lugar” va a ser presentado hoy viernes 18 a las 20 horas en Tundra Bar (Durazno y Convención), donde hablarán los escritores Daniel Mella y Leandro Delgado.

Hoski, que también publicó la nouvelle “Hacia Ítaca” (Yaugurú, 2010) y los poemarios “Poemas de Amor” y “Poemas de la pija”, fuma un cigarro tras otro mientras busca las palabras correctas. Luego de muchos años de vivir en Canelones, se acaba de mudar al barrio Reducto. Cuenta que ahora se siente “mucho más feliz” que el personaje de su libro que, si bien es autoficcional, no deja “de poder mentir”.

-¿Cómo fue el proceso de escritura del libro?

-Algunos cuentos habían sido publicados antes, en antologías, revistas, presentados en concursos. Los primeros cuentos son “Ningún lugar”, “Valpo” y “En la red”, tres cuentos que hice para un libro colectivo que nunca salió. Cuando armé el libro, pasó a ser más que una colección de cuentos, funcionó como una novela, porque está todo ensamblado, es parte del mismo proyecto, es fragmentario pero al mismo tiempo se une.

Hay dos temporalidades presentes en el libro: la temporalidad en la que ocurren las historias, que va de 2008, en “La batalla de las piedras”, a 2014 en “Paralelismo psicocósmico”, y la temporalidad de la escritura, entre 2013 y 2015. La temporalidad de la escritura aparece explícitamente en las historias. Se dice: “Estoy acá, escribiendo…”. Hay un juego, medio deudor de (Juan Carlos) Onetti y la literatura uruguaya.

-En todos los cuentos está presente la idea de un tipo recordando.

-Es la idea del desdoblamiento, como alguien que construye un sarcasmo por la distancia que pone sobre sus propios hechos. Cuenta sus propios hechos y en ese contar hay un dejo moral, si se quiere. Fabián Muniz, amigo y crítico que leyó mi libro hace tiempo, dice que es como una novela de aprendizaje: el personaje aprende y se juzga a sí mismo en el pasado. Quizá por la negativa: no refrendando ciertos valores morales, sino mostrando todo lo que no hay que hacer.

-No te quedás con la descripción de lo que pasa, sino que vas más allá: reflexionás sobre eso.

-Sí, es parte de la filosofía solipsista del libro, el análisis psicológico interior es parte de su universo metafísico, es el procedimiento de conocimiento que tiene el personaje. En esa metafísica bien solipsista no existe nada, la única posibilidad de encuentro es o bien el arte o bien la intuición del otro, pero más bien racional. Es el arte el que salva, pero el arte concebido de forma romántica.

-¿Por qué escribiste estos cuentos?

-En principio tiene que ver con una necesidad de pagar una deuda con el acto creativo. Eso está presente en el libro. El acto creativo podría dividirse en dos: la parte subjetiva y la objetiva. La subjetiva es pensar la idea, decírsela a uno mismo: el arte como sentir. La objetiva es sentarse a escribir, que eso pase a palabras, se edite, circule, cobre forma progresivamente. Yo lo que hago al escribir es pagar una deuda subjetiva, es la deuda de en algún momento haber sentido que lo que me estaba ocurriendo era artístico.

-¿Era artístico porque era doloroso?

-Ahí va, lo veía como una forma de defensa ante situaciones que me dolían. Era pensar que lo que me dolía era bello o artísticamente bueno.

-¿Lo bello solo puede ser lo doloroso?

-No, no. Eso funciona para la estética de este libro, ni siquiera para todo lo que hago. Una cosa es cómo funciona una estética a nivel de sujeto y el conjunto de presuposiciones estéticas o de estilo y otra cosa es que ese sujeto ande creyendo por la vida que esa es la única estética posible. Yo creo que en realidad esa idea del dolor asociado al arte funciona para mi estética. Soy una especie de romántico rebuscadísimo, porque en realidad en “Ningún lugar”, la idea es que el dolor y esa cosa de sinceridad absoluta que propone la autoficción está todo el tiempo siendo coartada. No deja de ser un juego, y no dejo de poder mentir en lo que hago.

Al principio hay como una necesidad de pagar con un método de defensa, pero no es solo eso, no es solo el dolor convertido en arte. Una cosa puede motivar a ver belleza en algo y a escribir sobre eso. Pero después puede quedar solo el deseo de escribirlo. Ahora me siento recontra feliz, las motivaciones que tengo para escribir en ese estilo son como de alfarero, me gusta hacer eso, me gusta esa estética, entonces voy ahí. Pero no porque tenga las mismas motivaciones.

-¿Y por eso escribís sobre los recuerdos?

-Escribo sobre los recuerdos porque generé una técnica sobre eso y por eso trabajo como un alfarero o un pintor. La literatura está más asociada a los sentimientos, la pintura no sé si tanto. El pintor aprende una técnica y la trabaja. A mí me pasa un poco eso. Estoy colgado con escribir así. La motivación original puede ser el dolor, pero luego se genera un juego de espejos donde yo puedo mentir el dolor. Eso lo dice (Fernando) Pessoa, el poeta es un fingidor tan bueno que puede fingir su propio dolor.

-¿Cuánto hay de eso  en “Ningún lugar”?

-Mucho. Hay mucho de fingir, de agregado, o de seleccionar una parte de las cosas que he vivido, incluso en la propia vivencia que yo cuento. El personaje muchas veces dice “yo ya lo veía como literatura a esto”. Se coloca en el lugar de una máscara. Dice “me siento en el ciber y me pregunto qué quiero hoy”. Es eso: qué máscara voy a usar hoy. Es decir, la literatura ya está en las propias vivencias autobiográficas.

-¿Qué significó escribir tan abiertamente sobre tu intimidad y tus conocidos?

-No deja de ser un libro de ficción. Si se genera algún quilombo no depende de mí. Es un riesgo, pero también es una estética que me gusta. Siento que hay una necesidad opuesta a eso que decía Onetti, que decir toda la verdad es una forma vil de mentir. Yo propongo que la mejor manera de mentir, que sería haciendo literatura, es diciendo toda la verdad. O mejor dicho, simulando que digo toda la verdad. En el fondo es un juego barroco. En “Ningún lugar” y en “Poemas de la pija”, mi idea es mostrar algo de manera cruda, sin pretensión de metáfora. Pero al mismo tiempo ese signo que pretende ser solo signo, termina siendo metafórico. No es la metáfora delante de la cosa, sino que la cosa se convierte en metáfora.

-El escritor argentino César Aira dice que en todo momento quiere que la gente sepa que está leyendo una novela y no la realidad. Vos harías algo opuesto a eso.

-Sí, sería una cosa opuesta, que de alguna manera termina siendo un juego de espejos entre realidad y ficción, pero arranca con una pretensión de realidad. Es un juego vanguardista también.

Tapa del libro.

-En una parte del libro decís que “relatarse a uno mismo es tan placentero como enviciante”.

-Claro, el discurrir mental es inmensamente placentero y es lo que lleva al solipsismo. No importa nada ni nadie: mientras el mundo me dé los suficientes estímulos para que esta rueda ande, la hago andar. Son lógicas que no sé si comparto en la vida, esa es la trampa de la autoficción. Capaz que cuando lo escribí sí, o en parte, o no. Pero hoy lo leo y me siento muy distante a como piensa el personaje. Me interesa la forma. Yo me considero una persona bastante más alegre de lo que relaté en el libro.

-Varios cuentos de “Ningún lugar” transcurren en cibercafés. ¿Es solo por la época en que están narrados o hay algo más?

-Hay algo de pretensión realista ahí, de mostrar una época. No me interesa mostrar cosas de antes solo por el hecho de mostrarlas, esa cosa folclórica, muy snob. Mi intención es que el escenario donde ocurren las cosas aparezca, y mostrar la esencia de esa cosa. En el caso del ciber, mostrar las caras inesperadas de eso. No lo superficial, sino los estados anímicos. Lo que ha sentido el personaje en relación a eso.

-En “Valpo” hay una escena en la que el personaje lee un cuento y una vieja lo viene a felicitar, pero entendió algo totalmente distinto a lo que el personaje quiso decir.

-Como pasa en “Nadie encendía las lámparas”, de Felisberto Hernández. El tipo termina de leer y viene otro, le dice que conocía la historia y le empieza a hablar: le chupó un huevo la historia que contó. Hay algo de eso. Igual en este libro hay todo un ejercicio metaliterario que me permite darle luz a estas cosas. Eso y las entrevistas, son importantísimas, es el espacio para darle algunas claves al lector.

-¿Qué buscás generar en el lector con este libro?

-Que le guste.

Joaquín Di Lorenzi