Explorando los sonidos de la segunda edición del Montevideo Sound City

ONDAS POR EL AIRE

Montevideo Sound City / Foto: SdR

Los domingos tienen algo que los hace ser, frente al resto, los días de la semana más propensos al bajón. Sí, son los días del almuerzo en familia y las siestas largas o de pasarse la tarde relajado frente al televisor. Para algunos, el domingo es además el único día sin trabajo, para visitar a los abuelos o los primos, pero, indudablemente, para todos también es el día donde, a pesar de las distracciones el pensamiento de “mañana empieza de vuelta”, no puede dejar de colarse por algún lado.

De vuelta a las clases, a la oficina, de vuelta a las corridas. Es inevitable pensar que el carrusel seguirá girando, empezará otra semana, y, al situarse justo antes de ese retorno a la rutina, como decía una canción de la cantante de jazz Billie Holiday, “Sunday is gloomy”. El domingo es una mezcla de algo melancólico, pesimista y sombrío.

Es por eso que todo lo que saque a uno de su curso normal de pensamientos domingueros puede resultar muy productivo, una especie de disfraz bajo el que ocultamos al domingo, haciéndolo pasar por una versión un poco trucha de un sábado o viernes.

Hay quienes se van de paseo, emprendiendo un viaje real a algún lugar, aunque sea simplemente al shopping o a la rambla. Otros eligen un tipo de viaje más metafórico-mental y se meten en su novela, van a ver una película al cine o una obra al teatro. También hay quienes se embarcan en un viaje físico a un teatro, pero no para ver un espectáculo de actuación teatral sino uno en el que casi todo pasa principalmente por sólo uno de los cinco sentidos: un concierto de música, o más bien, muchos conciertos de distintas músicas.

Este último tipo de viaje fue el que emprendieron al menos tres centenares de uruguayos el domingo 13 de agosto, al acercarse no con pocas expectativas al Auditorio Nacional del Sodre. Todos en busca de recorrer, con sus oídos bien abiertos y sus palmas prontas para la acción, la segunda edición del festival que reúne bajo un mismo techo a lo más representativo de la escena musical uruguaya actual.

Bienvenida al show

Una seguidilla de toques de solistas, bandas de géneros variopintos y algunas charlas sobre música repartidos en cinco escenarios. En eso consistía, a resumidas cuentas, esta nueva edición del Montevideo Sound City, mirada desde una óptica fría de lectura del programa de actividades.

Pero quien pisó el auditorio sabe que fue bastante más que eso, y que desde que Riki Musso subió al escenario Trovadores a las cuatro de la tarde, hasta que Luciano Supervielle tecleó sus últimas notas en el piano del hall, el festival mantuvo a los melómanos expectantes de una canción a la siguiente.

El fluir de las melodías de rock, hip-hop, pop, clásica, indie, candombe, electrónica, tropical y quién sabe qué mezcla rítmica más, casi no cesó durante más de siete horas. El fruto de horas de ensayos y preparación de los artistas y los arduos preparadores de la ambientación del lugar resultó en un sonoro abrazo al público. En una primera impresión, el evento se destacaba de otros espectáculos similares por su organización, que implicaba dar a cada asistente al presentar su entrada una pulsera con un chip que servía para marcar la entrada y salida a las dos principales salas del evento, la  Fabini y el escenario Patricia, ubicado en la sala Hugo Balzo.

Una vez acostumbrados, sin embargo, los espectadores debían moverse con agilidad si querían estar en una buena parte de los shows. Por el propio diseño de la grilla, una preselección desde los gustos, el interés y la curiosidad de cada uno era necesario. De todas formas, el melómano podía abarcar unas ocho bandas apurando el paso, conteniendo las ganas de pedir otra o dejando la sala en medio del show para pasar a otro más atractivo.

Una muestra de lo que había para experimentar se podía obtener al pasar desde el entorno entre dulce y soñador generado por la la intensa voz de Papina De Palma, a la oscuridad total del escenario Patricia, donde bajo una tenue luz roja comenzaron a sonar los graves pero fuertes rugidos de Chillan las bestias. Después esa experiencia satánica y bestial, salir de vuelta a la luz cálida y dirigirse a la Fabini para encontrarse con las alpargatas pepemujísticas y el clásico sonido de la guitarra española de Juan Wauters, fue una vuelta a la belleza de lo simple.

Dejando atrás los violines del Titanic naufragando y gritos cuasi vikingos de Pedro Dalton para dar lugar a las serenatas de amor de Wauters, que con un cantar despreocupado lanzaba un “voy a crear un universo para usted”, el espectador no podría evitar sentirse en una suerte de máquina del tiempo musical. Y es que, como a mí, a más de uno le habrá resultado que con la variada oferta del festival, había lugar para sentirse como una especie de camaleón musical, y empaparse con todos los colores que, bien representados en el afiche promocional del evento, se desprenden de cada estilo único. Sonidos con lenguajes distintos se dieron cita a algunos pasos de distancia, con La triple Nelson marcando un ritmo rápido, acompañado por solos despampanantes y el argentino Luca Bocci acaparando la atención con sus melodías relajadas realzando el poder del crudo sonido de la voz y la guitarra.

Que la fiesta no termine

A medida que oscurecía en el resto de Montevideo, adentro de la Adela Reta las luces y la música no paraban. Tampoco lo hacían las tres chicas que a un costado de una de las filas de butacas de la Fabini parecían poseídas por el espíritu de alguna groupie de los 60, bailando frenéticamente al ritmo  del rock y el soul de La triple Nelson. Curioso fue el caso de una de ellas, que de los desorbitados solos y la destreza vocal de Christian Cary, pasó a un baile de esa misma intensidad en el escenario Maui and sons en un abrir y cerrar de ojos. Su llegada a la sala fue sorpresiva hasta para la propia artista, Eli Almic, que sonrío mientras seguía con su actuación. Deslizándose del rapeo al canto sin titubeos, esta parecía haber imantado a la bailarina tanto como al resto de los expectantes escuchas.

Sin pensarlo dos veces, Eli, la mayor exponente femenina del hip-hop en Uruguay, se adueñó del corazón de los melómanos cuando se puso a cantar uno de sus temas más conocidos, y, me atrevo a agregar, uno de los más claros tributos modernos a la estrella de este festival, la música. “Suena, suena y me llena, sonidos que liberan de adentro hacia afuera.
Que la música no pare y siga transformando el mundo, que se haga forma en medio del vacío”, cantó la hiphopera con su campera rosada, casi coqueteando con la “mujer de infinitas caras”, sin quien nada de lo escrito en esta crónica sería posible.

Del aplauso de acompañamiento a Almic, que en código rapero representa el ritual de brazos en el aire balanceados hacia adelante, alguna cerveza mediante, la gente esperaba ansiosa un nuevo espectáculo: Campo. La banda de Campodónico, un camaleón real en géneros, con algunos temas claramente de corte electrónico, rockero o funk y otros de ritmo tropical o de candombe beat, hizo con su grupo un despliegue de sonidos acompañados con iluminación de cuantos colores el ojo humano conozca.

No sólo abarcó sus hits, sino también nuevos temas, y buscó antojar con cada canción el deseo de bailar de la gente, tal vez algo reprimido por las formalidades del teatro. Con evidentes excepciones, ahora era la sala entera la que bailaba.

Buena parte de los asistentes al Sound City viajaron entonces a la última instancia, el show de cierre, una especie de despertador o recordatorio de que las buenas fiestas mantienen su ritmo hasta el final. La responsabilidad del broche de oro cayó nada menos que en las manos de Luciano Supervielle, que demostró su emoción por estar tocando nuevamente en el piano con el que compuso su último álbum. Ante la sorpresa de muchos, Supervielle decidió culminar con la cumparsita; y sí, ese clásico tango que cumple 100 años pudo sonar moderno gracias al músico franco-uruguayo, que la llevó al remix sin mucho pudor.

En definitiva, el Sound City fue un evento tan variado en su oferta que de toda la grilla sólo pude presenciar dos cuartas partes. Hubiera querido poder dividirme y experimentar los viajes paralelos que sin duda otros realizaron.

Como para terminar, uno tiende a cerrar el círculo. Una de las primeras bandas en tocar, Socio, me dejó sin querer una letra pegada: “Siempre que no puedas levantarte, y todo va hacia atrás no hay adelante. Hay una canción en algún disco, esperando a sonar para salvarte. Oh, el sonido, reverberan mis latidos en el aire… Resucito hoy porque nunca es tarde, todo lo que soy, ondas por el aire”.

Alejandro Prieto