Ocupas, drones y aerocarriles

LA TIERRA QUE LOS PARIÓ

La carpa de Diente de León en la falda del Cerro.

Una carpa azul se erige sobre la falda del Cerro de Montevideo, entre la calle Polonia y la Fortaleza. Los integrantes del Espacio Autónomo Diente de León, una comunidad de entre diez y quince miembros, habita en ella con la finalidad de “promover la bioconstrucción”, “limpiar la zona de basurales”, crear pequeñas huertas orgánicas o “lo que surja con la gente” (en palabras de los que ahí conviven). Estos vecinos del Cerro han “echado raíces” en este espacio público.

Diente de León existe como tal desde el mes de junio y su forma de vivir choca frontalmente con los tiempos que corren. Leonardo, “El Viejo” (quien eligió no dar su apellido y presentarse con este seudónimo ante SdR), lo explicó así: “Toda esta cosa neoliberal, globalizadora, quiere barrer con todo esto. Nosotros estamos en la tendencia contraria, queremos recuperar memorias olvidadas… ellos destruyen nosotros construimos”. Y deslizó que “es necesario plantearse desurbanizar, en lugar de urbanizar más”.

Sobre las diez de la mañana del pasado quince de junio, el espacio fue sobrevolado por drones que tomaron registro de las identidades y pertenencias de quienes habitan el campamento. Las maniobras fueron hechas, según apuntaron los miembros de Diente de León, por individuos provenientes de un vehículo con matrícula municipal. Cuatro días después, tres sujetos que no se identificaron pero que alegaron ser funcionarios municipales, hicieron entrega de un documento que instaba a desalojar la zona voluntariamente en un plazo de veinticuatro horas o serían desalojados. Así lo denunció la agrupación Diente de León en su página de Facebook. .

Dos miembros de Diente de León fueron detenidos por la policía y trasladados a la seccional 24 del Cerro, donde fueron interrogados. Según el comunicado compartido en su página, la detención se llevó a cabo con agresividad y sin permitir que mediara el diálogo. Cuatro horas más tarde fueron liberados, previa revisión médica, y se les puso en conocimiento de que el asunto pasaba a estar en manos de la Intendencia. SdR se contactó con el subcomisario Sergio Giménez, quien no pudo esclarecer este procedimiento al no contar con autorización para brindar esa información. En cambio nos remitió a la oficina de Asuntos Judiciales de la Jefatura de Policía, donde según él bastaba con acudir acompañados de uno de los detenidos para acceder a la denuncia. De haber seguido tales indicaciones, el procedimiento habría resultado infructuoso, ya que es necesario realizar una petición por escrito narrando la causa y motivo por el cual se solicita la denuncia, además de los datos personales del involucrado y del abogado que lo representa, con la respectiva firma del profesional, número de matrícula y un timbre (este escrito debe ser presentado por el mismo abogado, según los requisitos que constan en el modelo sobre cómo efectuar una denuncia). De acuerdo con los habitantes de la carpa, haber acudido a Jefatura equivaldría a “entregarse en bandeja de plata”.

La normativa de desalojo contempla la posibilidad de que la Intendencia ordene el desahucio de un espacio público que se encuentra ocupado (artículo 368 de la ley 19.120); sin embargo, esta legislación no legitima las prácticas represivas denunciadas, antes y después de las intimaciones, por integrantes del colectivo. Este tipo de trato por parte de las autoridades levantó suspicacias entre los miembros de la comunidad. “Mi visión de las cosas es que hay capitalistas que quieren hacer inversiones importantes acá”, dijo Leonardo. La sospecha tiene su asidero en un proyecto de aerocarril que actualmente está a estudio de la Intendencia, que serviría “tanto para medio de transporte como para atracción turística”, según El Espectador. Para Leonardo y otros miembros de la comunidad hay problemas que deberían resolverse de manera más urgente, como la falta de agua en determinados puntos del barrio o la situación de pobreza que atraviesan las numerosas familias que tienen su “rancho” unos metros más abajo, también emplazados en la falda del cerro.

Si bien Gabriel Otero, alcalde del Municipio A dijo a SdR desconocer la existencia de Diente de León como tal, quiénes son o qué actividades realizan, se mostró enfático al referirse a “los ocupantes” de ese espacio público. Su juicio sobre la ocupación fue categórico. Para él, este grupo incurre en una “falta”, además de que “insulta” y se “ríe” de la gente que está obligada a vivir en los asentamientos del Cerro debido a su precaria situación económica. Sobre la vigilancia previa al intento de desalojo dijo no estar al tanto y agregó que “no sabe lo que es un dron ni cómo se maneja”.

Asimismo, el alcalde se mostró tajante y negó la existencia de relación alguna entre el intento de desalojo y las posibles obras del aerocarril, “No hay una conspiración contra gente que ocupa”, dijo, y explicó que los asentamientos “nunca estuvieron planteados como un problema” para llevar a cabo las obras de infraestructura.

El 20 de junio los ocupantes de la falda del Cerro compartieron en su página de Facebook un comunicado dirigido a los vecinos y vecinas integrantes del Centro Comunal Zonal 17, donde explicitan su cometido como colectivo. Esa misma declaración fue entregada el 30 de junio en forma impresa en el Municipio A, y acusó recibo de ella Nery Rodríguez, jefe coordinador del Centro Comunal.

Hasta ahora no han vuelto a ocurrir hechos de similares características a las descritas anteriormente. Los integrantes de Diente de León dicen haber superado este hecho y buscan mantenerse al margen de los procedimientos burocráticos, a la vez que conservan en anonimato sus identidades, las que, afirman, no son necesarias para realizar una buena obra o cooperar con los vecinos del barrio. La visión del Municipio camina por otros derroteros, los técnicos del Comunal Zonal 17 no están autorizados a brindar información de este caso, así como su autoridad les permite decidir quién es un “ocupante” y quién no. A algunos los legitima el techo de chapa y a otros los desacreditan sus paredes de barro.

Marcelo Ayala / Mathías Ubal