Con la fotógrafa Manuela Aldabe sobre su obra That is a woman, que retrata el vestido de Delmira Agustini

EL ARTE DE LA PERMANENCIA

Gentileza Manuela Aldabe

Nacida en 1975, vivió en Italia, estudió fotografía en la Scuola Scienza e Tecnica del Municipio di Roma y Ciencias Históricas en la Universitá Roma III y colaboró en la Agencia de Noticias Associated Press. Desde que volvió a Uruguay en 2010 ha sido fotógrafa de prensa de distintos medios, dictado talleres y trabajado con mujeres en diversos ámbitos. En su página web, Aldabe cuenta: “Exploro las identidades femeninas dentro de la teoría del género, investigando los lazos entre las mujeres así como la complicidad entre ellas”. Hasta el 24 de setiembre en el Centro de Exposiciones Subte puede visitarse su obra “That is a woman”, donde retrata el vestido de Delmira Agustini, en el marco del 48 Premio Montevideo de Artes Visuales.

-¿Cuánto hace que estás trabajando sobre los feminicidios?

-Empecé a trabajar con feminicidios cuando estalló el “Ni una menos” y se hicieron las grandes marchas en Argentina. Es un tema que pienso desde hace mucho tiempo, ya desde que estaba en Italia, donde hay muchos feminicidios y salen en la tele como crímenes pasionales. Y siempre pensé qué pasa con esas mujeres, con esas familias, con la gente que sobrevive a eso. Entonces en 2015 le propuse a (la revista) Lento hacer un reportaje sobre las víctimas, ir a buscar prendas de las mujeres asesinadas.

Después gané los Fondos Concursables 2016 para extenderlo a todo el país. Cuando tenga los 19 prontos empezaremos una muestra itinerante por todos los departamentos, por centros MEC. El objetivo es que la muestra movilice, genere charlas, debates. Y que llegue a Montevideo con relatos de los 18 departamentos en los que estuvo. Ahora me invitaron a hacerla en noviembre en el Hospital Pereira Rosell, que es un lugar al que me interesa llevarla porque en principio es la población con la que hay que trabajar.

Para mí es muy importante la identidad, por eso al lado de la prenda van todos los datos: de qué pueblo era, cómo se llamaba, cuántos hijos tenía, qué trabajo hacía. Me pasó de ir y preguntar en las marchas de acá, “¿quién fue que se murió?”, y que me contestaran, “ah, no sé”. Cosas que en el movimiento de repente no son tan importantes pero para mí sí. Después descubrí que al acercarme a las familias, al preguntar quién era la víctima, se abrían más interrogantes y más respuestas como, por ejemplo, qué pasa con las pensiones de los hijos, quiénes se ocupan de ellas. Porque el tema de acercarse a los hijos no pasa solamente por decir “qué horrible”. Una ley de feminicidio no solamente tiene que ver con darle una pena mayor al asesino, sino también con que el Estado se comprometa a dar más respuestas a los sobrevivientes. ¿Qué pasa con las abuelas que se quedan criando a esos niños, qué pasa con su salud mental? Porque muchas veces esas abuelas necesitan un psicólogo, asistentes sociales, medicamentos para salir de los pozos depresivos. Ahora he empezado a descubrir que los familiares no hacen causa, que son pocas las familias que tienen abogado. Esta última semana, de los cuatro casos que cubrí, solo uno está llevando adelante un juicio. El feminicidio es la punta de un iceberg, de una mole de violencia, y la primera pregunta sobre quién es esa mujer tiene detrás un montón de interrogantes.

-¿Qué motivos tienen los familiares para no hacer las denuncias?

-Y, por ejemplo, en el caso de Soriano, es una chica a la que le mataron a la madre y parece que el tipo era narco, entonces le dijeron que no se metiera porque le iban a hacer daño. Además la gente queda tan vulnerable… Y están en pueblos de no sé dónde, entonces tienen que ir hasta la ciudad para ver a un abogado, al que hay que pagarle y no tienen plata. La otra vez leí que en el sur de Italia, un municipio se declaró parte ofendida en un feminicidio. Eso está buenísimo. Son cosas que a mí me parecen importantes. Si hay un feminicidio en Canelones, por qué la intendencia no se pone como parte ofendida.

-¿Cómo te recibieron las familias?

-Digamos que hay un 30 por ciento que me dice que no. Y es muy difícil llegar a contactarlas, muy difícil. Cuando las contacto y me dicen que sí, enseguidita viajo, porque además es muy movilizador para ellos y para mí. Los días que me voy a encontrar con la prenda la paso muy mal, porque me imagino muchas cosas, muy horrorosas. Ver cómo está la familia también es muy fuerte. Por eso voy cuanto antes, me siento con la madre, la abrazo. Y ya no me horrorizo, conecto con el dolor de una forma mucho más simple y limpia. No me importa cómo la mató, ya no tiene nada que ver con eso. El horror ha dejado de cegarme. Escucho (baja la voz), casi no hago preguntas, porque las preguntas no son necesarias.

El otro día me pasó una cosa re linda con la que voy a hacer obra. Fui a Soriano a visitar a Valeria, la hija a la que le mataron la mamá hace diez meses. Fuimos al cementerio a sacarle fotos a la tumba. La de ella estaba muy alta, entonces Valeria agarró una escalera y llegó hasta ahí. Yo quería estar al lado, por eso fui a buscar otra. Había un viento impresionante. Al señor del lugar le parecía raro, cada una con una escalera gigante. Valeria, que estaba limpiando la tumba, tiró una rosa seca, roja, muy perfectita. Bajamos y no podíamos deshacernos de ella. Entonces le dije: “bueno, mirá, le saco fotos”. Pero seguíamos sin poder deshacernos. Era muy linda. “¿Sabés qué? Me la voy a llevar”. Y me vine con ella, ahora está en mi taller. No sé si voy a hacer cianotipos o qué, pero algo va a pasar con ella.

-¿Con alguna de las familias seguiste en contacto?

-Sí, pero me contacto poquito. Con la madre de Koni, por ejemplo, que es la gurisa que mataron en Punta del Diablo, sí me hablo y con mucho cariño. Mi compromiso es avisarles cuando hago algo con las fotos. “Mirá que la foto está en tal lado”, y ellos vienen, pero no es una relación de amistad. Yo no soy asistente social. En ese sentido me he puesto límites y ellos lo entienden bien.

-¿Y el trabajo con las mujeres presas fue antes de lo de Lento?

-Sí, porque cuando empecé a trabajar con feminicidio dejé de trabajar con privación de libertad. De hecho en 2016, que no hice feminicidio, fui a la cárcel de madres con niños pequeños. Hice un reportaje y estuve trabajando con ellas en El Molino, que es la cárcel que se cerró. Normalmente cuando trabajo con privación de libertad no lo hago con feminicidio y al revés. Por cuidado psicológico, porque son cosas que me requieren demasiada energía, y para hacerlas bien, me tengo que ocupar de una o de la otra. De todas formas siempre trabajo con mujeres. He estado en cárceles de hombres y no me interesa, no sé qué es lo que me llama, pero me siento más cómoda trabajando con mujeres, con cuestiones de género.

-¿El trabajo con feminicidio te interesa más que el de las mujeres privadas de libertad?

-Los trabajos son vivencias, siento cosas que me voy interrogando. Cuando trabajo algo, voy trabajando adentro mío, y de repente eso crece, evoluciona y ya puedo ir a otro lado. Capaz que hoy vuelvo a la cárcel y me interesan otras cosas. En determinado momento, de la cárcel me interesó qué pasaba con la mujer como tal. Después fui a esta cárcel de madres con niños pequeños pensando que me interesaba la maternidad en privación de libertad. Sin embargo, una niña me demostró con sus ojos que lo que me movilizaba era qué es ser niño estando preso. Creo que en todos los trabajos uno va buscando lo que necesita en ese momento para crecer o sanar. Si me preguntás qué es lo que yo vengo trabajando en el último tiempo, creo que es la ausencia. Las ausencias y las presencias, las formas de hacer permanecer, de hacer estar al que está ausente. Son cosas que me preocupan. En el caso de Delmira es sumamente importante, porque Wikipedia o los libros de texto que hablan de este mito nacional, lo mencionan como asesinato. Como Diego Fischer, que plantea que fue un pacto. Bueno, sí, pero es un feminicidio. No fue Delmira la que mató a Reyes y después se pegó un tiro.

-¿Cómo llegaste a la idea de trabajar con Delmira?

-Porque entre las víctimas de feminicidio de todos los tiempos ella es muy importante. Además, en Canelones y Andes, cerquita de Qualities, donde compro los papeles fotográficos, hay una placa en el piso que dice “en memoria de las víctimas de violencia de género, acá murió Delmira Agustini”. ¿Viste cuando todo se une? A su vez yo estudié archivología, por lo que he tenido contacto con el Archivo Literario (de la Biblioteca Nacional). Ahí me enteré de que estaba el vestido y no lo podía creer. “¡Es una locura, quiero verlo!”. Y fue re lindo cuando me acerqué, lo tuve y pensé… “¿yo qué hago contigo?”. Y bueno, interrogarlo. Lo interrogué con la cámara digital, con la 6×6, con los rayogramas. Iba con la tela, me la apoyaba encima, apagaba todas las luces que podía, ponía el vestido sobre papel fotográfico y le daba golpes de luz.

-¿Así que el rayograma consiste en poner el papel y tirar luz?

-Sí, la ausencia de una cámara. Lo que hice fue eso: papel, vestido y luz. Llevé mi ampliadora rusa, que es una valijita desarmable, y usé esa luz.

-¿Tienen un archivo constituido de Delmira?

-Sí, están los zapatos, las muñecas, hay pelo de Delmira.

Gentileza Manuela Aldabe

-¿Nunca sacaste el vestido del archivo?

-No, no me dejaron. Todo lo hice ahí. Estuvo bueno porque terminó siendo un gran desafío, y a la vez un dar, porque los archivólogos nunca habían visto cómo se revelaba y yo tuve que montar un pequeño laboratorio para hacer las pruebas. Con un papel de un metro treinta no podía hacerlo de una, necesitaba probar. Entonces con mi asistente llevamos revelador, fijador, las bandejas, todo. Y bueno, revelamos en el baño. Los trabajadores querían pasar y había que decirles: “esperá un poquito”.

-¿Y cuánto tiempo te llevó?

-Fueron distintas etapas. El trabajo de Delmira lo empecé en octubre del año pasado. Creo que los primeros rayogramas los hice en noviembre o diciembre. En marzo hice una exposición en el IMPO donde presenté detalles del vestido en digital, en papel algodón, fotos de un metro veinte que ahora están en la ex ESMA, en Buenos Aires, junto con las fotos de las seis prendas que había presentado en el Salón Nacional. Ya en marzo tenía rayogramas pero la obra no estaba pronta para presentarla en el IMPO, entonces la seguí trabajando, la idea fue creciendo. El rayograma grande lo empecé por mayo. Todo esto con niveles de obsesión importantes. En enero me dediqué a estudiar si realmente fue un feminicidio, eso me importaba muchísimo. Y en ese sentido me basé en Carina Blixen, que es una gran estudiosa de Delmira Agustini. Cuando salió lo de este premio dije, “bueno, la mando para ahí”. Quería que los rayogramas salieran, ir cerrando etapas.

-¿Y cómo pasaste de las fotos digitales al rayograma?

-Me sentí mejor haciendo rayogramas. Son imágenes en donde puedo entrar y bucear y cuando una imagen no me da respuestas, es cuando más me seduce. Los rayogramas tienen eso, mucha profundidad y muchas posibilidades de respuestas, incluso de responderme con preguntas, entonces el juego se hace más interesante. Me encantaron, quedé totalmente enamorada. El viaje de la luz, el contacto del cuerpo con la prenda, del cuerpo con el asesino, con los haluros de plata, conmigo… el contacto. El rayograma es eso: contacto y luz. Dibujo de luz en la oscuridad y ningún intermediario. Porque el lente y la cámara son intermediarios. El rayograma, así como está expuesto, es un negativo, es lo más honesto que hay.

-¿De dónde sale la frase “That is a woman”?

-Rubén Darío, en el prólogo de Los cálices vacíos, dice, “parafraseando a Shakespeare that is a woman” .

-¿La letra escrita en el Subte es la de él?

-Sí, sí. Encontré el manuscrito escaneado y entonces se lo mandé a mi diseñadora que lo vectorizó para imprimirlo, pero es la letra de Rubén Darío.

-¿Y en el archivo literario te recibieron bien?

-Virginia Friedman (encargada del archivo) tiene mucha paciencia, mucha paciencia. Cuando hice el último rayograma grande me decía “ay, Delmira se debe estar retorciendo en el ataúd, debe odiar este vestido y vos no dejás de toquetearlo”. Se moría de la risa.

-¿Lo manipulaste todo el tiempo con guantes?

-Sí.

-Parece una bobada pero es distinto poder tocarlo…

-Ah, bueno, yo lo toqué un poquito (risas). Igual para mí tiene más que ver con la energía. Los guantes no me molestan tanto. Lo toqué para ver cómo era… es áspero…. pero es muy sublime. Es muy hermoso, tiene pesos diferentes. Es distinto levantar la parte donde tiene unos flecos como de perlitas, a levantar la parte de los volados, de los encajes de Bruselas. Me importa mucho más el peso que el tacto. Es muy sublime, precioso, intenso. Para mí esta obra es la más honesta, yo estoy muy feliz, es la más Manu, me siento muy yo. Amo el cuarto oscuro, me encanta trabajar en la oscuridad. Es en la que más me escuché, no me pregunté si a los demás les iba a gustar. Cuando expuse en el Salón Nacional todavía me importaba, tenía miedo, miedo por el tema de los asesinos, porque trabajar con asesinados es trabajar con asesinos. Yo estudié historia en Italia y esta obra tiene mucho de histórico, de querer cambiar cómo está escrita la historia. Apelo a una revisión de cómo se escriben los libros sobre Delmira, me parece que es importante plantearlo para hoy.

Sofía Kortysz