Homenaje al medio siglo de Cien años de soledad

“EL GRAN DERROTADO ES EL SILENCIO”

Gabriel García Márquez llegando a Aracataca, su ciudad natal, luego de 20 años sin visitarla, el 30 de mayo de 2007. AFP PHOTO/ Alejandra VEGA

En el marco de la 40º feria internacional del libro, la Embajada de Colombia organizó un homenaje a Gabriel García Márquez por el medio siglo de la publicación de Cien años de soledad. El encuentro, moderado por el periodista uruguayo Ramiro Sanchíz, tuvo como protagonistas a Jaime Abello, director y cofundador de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, y a Santiago Gamboa, escritor colombiano. En un Salón Azul no del todo lleno, ambos contaron cómo vivieron la primera lectura de esta obra e intentaron desentrañar la causa de tan amplia acogida.

Fue la editorial Sudamericana la que en 1967, en Buenos Aires, dio a conocer al mundo Cien años de soledad con un tiraje de 8 mil ejemplares que se agotaron en 15 días. A García Márquez le gustaba recordar, en las múltiples entrevistas y estrados donde tuvo la posibilidad de hablar, cómo habían sido aquellos meses febriles en los que escribió la obra. Como José Arcadio Buendía, aunque con motivos diferentes, García Márquez se encerró en un cuarto durante meses. Su esposa Mercedes Barcha, como Úrsula, cuidó de la casa y los hijos hasta que terminó la novela. Al finalizarla, se dirigieron al correo donde pesaron las hojas mecanografiadas. Tenían que pagar unos 83 pesos – García Márquez fue cambiando el relato y las cifras a lo largo de los años-, pero como solo tenían 43, mandaron la cantidad de hojas para las que les alcanzó el dinero. Equivocados, enviaron el final. En algunas ocasiones, el escritor aracateño dijo que la editorial le hizo llegar el dinero que faltaba para que enviara el comienzo. En otras, la versión fue que empeñaron lo último que pudieron: una batidora, un calentador y un secador de pelo. Con eso habrían obtenido 50 pesos con los que cubrieron lo que faltaba y Mercedes le habría dicho al salir del correo: “Lo único que falta es que sea mala”.

Todo lo contrario. La frase inicial del libro: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, resonaría en muchos lectores tanto como el principio de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Sin embargo, García Márquez, en una entrevista que le realizó el periodista colombiano Germán Castro Caseyo en 1976, afirmó que su obra maestra era El coronel no tiene quien le escriba. Abello recordó que en 1983 el autor dijo lo siguiente: “no quiero que se me recuerde por Cien años de soledad ni por lo del premio Nóbel sino por el periódico. Nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca”. Es cierto que todavía no se había publicado El amor en los tiempos de cólera, que saldría a la luz nueve años después. Pero de todas formas, Cien años de soledad nunca pareció ocupar en su creador el mismo puesto privilegiado que en tantísimos lectores.

En la misma entrevista de 1976, García Márquez despotricó contra los críticos y aseguró que a la inversa de lo que algunos habían planteado, la historia de la familia Buendía no era un relato armado en base a sus propias experiencias. “Es un libro escrito con las experiencias de mis padres, de la gente que conocí de niño, leyendas populares, cosas que me han contado. Es hecho con experiencias contadas por otras personas”. Abello rescató su capacidad para “equilibrar” los hechos y la ficción en una novela. “Hoy en día se usa un término que todavía no se ha asimilado en teoría literaria que es facción. Eso viene de incorporar lo fáctico a lo ficticio. Y eso viene del periodismo”, aseguró. “Él tenía clarísimo el pacto de lectura de la no ficción, del periodismo, y también el de la ficción, el de la capacidad de transformar los hechos y reinventarlos. Y sabía que, en el fondo, lo que hay que respetar en los dos campos es la verdad. En el campo del periodismo, la verdad del rigor, de la exactitud. En el campo de la ficción, la de la verosimilitud, la de ser capaz de contar historias que no traicionen al mundo que se quiere presentar”. Para remarcar la faceta periodística, Abello contó que en una entrevista que Elena Poniatowska le realizó, García Márquez dijo que le pedía a sus amigos escritores que investigaran sobre los temas que iba a escribir. “Por ejemplo, si estaba mencionando hechos y objetos de la alquimia, entonces José Emilio Pacheco le hacía un reporte sobre la alquimia”, concluyó Abello.

Para él, fue precisamente la capacidad del autor para retratar la condición humana lo que generó la impresionante recepción de la obra. Gamboa, por su parte, arriesgó la hipótesis de que este furor a nivel mundial se debe a que “es la historia de la creación del mundo”, un mito fundacional. Y recordó la frase que parece extraída del Génesis: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Agregó que en segunda instancia es la historia de América Latina, “de injusticias, de dictaduras militares, de crueldad”, de situaciones que, en definitiva, se repitieron en otras regiones y por ello interesan a lectores de todas partes. Explicó que a su vez es la historia de una familia y “una de las cuestiones que más importan e interesan al ser humano en todas las culturas es lo que tiene que ver con su grupo. La historia de una familia de la cual se deriva la historia del mundo y de una región, es algo que nos compete, que nos llama”.

García Márquez tuvo una fe infinita en la palabra. En Cien años de soledad hay un pasaje en que todos los habitantes de Macondo han quedado insomnes y eso les ha provocado un olvido que va in crescendo. A Aureliano se le ocurre la brillante idea de etiquetarlo todo. Entonces el narrador lanza esta advertencia digna de Pilar Ternera: “continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”. En 1997, durante un discurso, expresó: “La humanidad entrará al tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen está desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas. El gran derrotado es el silencio”. Pero que el lector de esta nota no se confunda: García Márquez defendía las palabras, no las reglas que “estancan” a la lengua. En ese discurso, recordado porque incitó a “jubilar la ortografía”, el autor arengó: “devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas, el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer la grima donde diga lágrima, ni confundirá revólver con revolver”. Lo dijo con indudable poesía, porque como dijo Arbello, “las primeras incursiones de García Márquez en la literatura fueron como versificador. En todo caso, es un gran poeta”.

Sofía Kortysz