Con Washington Rodríguez Beletti, un luchador social de otra época

“YO NO IMPORTO”

 

Integrantes de la UTAA marchando hacia Montevideo en 1964. Foto del diario El Popular, tomada del Centro de Fotografía de Montevideo

Era el mayor entre aquellos jóvenes tupamaros: tenía más de 40 años cuando fundó, con otros compañeros, el MLN-T. Su vasta experiencia en luchas sociales comenzó en el Cerro con desocupados y “bandidos”. También participó de la fundación en Bella Unión de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA). Durante la dictadura estuvo 14 años preso en el Penal de Libertad; cuando salió fundó el Movimiento por la Tierra y continuó su trabajo social en la Cachimba del Piojo. Quienes lo conocen dicen que su optimismo radical fue propia de un momento histórico que hoy parece muy lejano. Su energía inagotable contribuyó a generar espacios sociales que se mantienen hasta ahora. Los problemas que abordó y las contradicciones contra las que luchó tienen una pesada vigencia en la actualidad.

Esta entrevista se produjo en el año 2015 pero hubo que esperar para publicarla: Washington Rodríguez Beletti recelaba del culto a la personalidad porque le importaba contar la historia pero no le interesaba estar en el centro de las miradas. “El Flaco”, como lo apodaban sus compañeros, se fue el 24 de agosto pasado, con 90 años. En su sepelio, una mano doliente quiso que ninguna bandera lo acompañara, pero cuando salieron los últimos deudos del cementerio, se oyó bajo la lluvia “se escucha, se escucha: ¡arriba los que luchan!” y “¡UTAA, UTAA, por la Tierra y con Sendic!”. Porque así se despide a ciertos hombres.

-¿De dónde viene tu inquietud social? ¿Qué fue lo que te movió?

-Siento un profundo amor por la gente que sufre y una gran indignación. En mi casa eran muy bien, me dieron mucho cariño, pero de problemas sociales no se hablaba. Fue en el colegio salesiano que se hablaba mucho de Don Bosco, un cura que se había dedicado a los trabajadores, y eso me tocó. Después fui por poco tiempo al liceo nocturno, me había afiliado al Partido Comunista (del Uruguay, PCU) y antes de terminar el primer año me mandaron a la Unión Soviética. Volví pero antes de terminar el segundo año, me fui otra vez a la Unión Soviética. Me habían nombrado miembro del Comité Internacional Preparatorio del 6º Festival Mundial de la Juventud, que se iba a hacer en Moscú. Ahí participaron 34 mil jóvenes de más de 100 países, fue una cosa bárbara. Yo estaba en la Federación de Estudiantes del Uruguay (predecesora de la FEUU, que incluía a gremios universitarios y de Secundaria). Después de la expulsión del secretario general, un señor llamado Eugenio Gómez, formamos la Juventud Comunista. Me asignaron al Cerro para ir a trabajar, y ahí estuve diez años. Pasé brevemente por el Partido Socialista, pero no pasaba nada ahí, aunque conocí a Sendic y nos hicimos muy compinches.

-¿Cómo fue tu trabajo en el Cerro por aquellos años?

-Hacía trabajo social con los muchachos de los frigoríficos y con los bandidos. Siempre me sentí inclinado a trabajar con los delincuentes porque son ellos los más desgraciados que hay sobre la tierra. No hay vidas más desgraciadas pero es muy difícil salir de ahí. Yo me acuerdo que hablando con uno de los muchachos le decía: “¿Y no dará para cambiar, para dejar esto?”. Y él me contestaba: “¿Qué? Tengo tanto odio adentro que ahora quiero hacer la mía”. Eran terribles asesinos y les decíamos que había que aflojar un poco la mano, sentir un poco de cariño por la gente, pero respondían que no cariño ni para ellos mismos. Se levantaban la camisa, tenían toda la barriga cortada, porque se cortaban para ir al juez y evitar la tortura. Todos los delincuentes están cortados. “Si nosotros vamos a la playa tenemos que ir a las rocas porque si nos sacamos la camisa nos quemamos”, me decían los muchachos.

-Igual lograste trabajar con la gente y colaborar con su organización.

-En la fortaleza del Cerro vivían una cantidad de muchachos que robaban, eran bien marginales, y nos reuníamos a charlar. Formamos una organización que se llamaba  Movimiento de la Juventud Desocupada, y nuestra bandera era negra, roja y verde. El negro era por la miseria, el verde por la esperanza y el rojo representaba la lucha. Alquilamos un local, bastante lindo, allá en el Cerro, y un compañero que era del PCU lo pintó con imágenes alusivas a la desocupación. En realidad eran ladrones; una vez queríamos ir a Buenos Aires y teníamos que sacar el Certificado de Buena Conducta en la comisaría para conseguir el pasaje. Me acuerdo que uno de ellos me decía: “¡Pero Belletti: nosotros somos todos cacos, no nos van a dar el certificado!”. Tenía razón, eran todos ladrones. Un día se armó tremendo despiole porque hubo un tiroteo en el Cerro y los milicos mataron a uno de ellos. Sus compañeros lo querían velar en el local, y yo les decía: “Si lo velamos acá quemamos el local. La gente no entendería”. Era un desocupado, pero…

-¿Cómo eran las estrategias de lucha?

-Nosotros tratábamos de innovar en las formas de luchar. Queríamos hacer actos públicos y nos preguntábamos cómo hacerlos en el invierno. En esa época los boliches en el Cerro funcionaban hasta las 9 de la noche, después cerraban porque al otro día los parroquianos trabajaban temprano en el frigorífico. De manera que a las siete y media de la tarde, con una tribuna de madera y volantes que habíamos hecho, entrábamos en los bares. Poníamos la tribuna, repartíamos los volantes y  un muchacho hacía la oratoria. Él era muy inteligente, un lector de primera. En el diario de la noche salía el anuncio de una clínica veterinaria con la foto de un perrito y decía “ya se afilió”. Él lo veía y arrancaba: “¡La puta madre! ¡Qué felices debéis de sentiros, adorables matronas, al saber que vuestros mononos pichichos ya están a salvo de la enfermedad!”. Describía toda la vida del “pichicho”, con la mantita, con todo eso: “¡Seguid velando por la salud y la belleza canina mientras troncháis la salud y la belleza de la juventud!”. Ahí explotaban sus palabras como bombas de acción directa, porque subido a la tribuna decía: “Formamos parte de la Juventud Desocupada, compañeros parroquianos. No queremos salir a robar, ¡queremos trabajar!”. Todo eso fue creando un clima imponente. En determinado momento fue toda la FEU a apoyar a la organización y un peludo grandote apodado “King Kong”, que era del barrio, decía: “Se está poniendo peliaguda la cosa, parece que el laburo viene para acá. Me voy a ir pa’l Cerrito de la Victoria, mejor”. Eran todos ladrones, no tenían hábitos de laburo. Pero hicimos cosas muy lindas, como la Marcha del Plato Vacío. Esa marcha fue un verdadero fracaso, y ahí aprendí que la gente puede pasar hambre pero le da vergüenza mostrarla. Sumamos muy pocos, éramos diez o doce, y había como 50 milicos, porque pensaron que iba a haber mucha más gente.

-¿En qué año fue eso?

-Era el año 56 o 57, durante los primeros pataleos de la crisis. Los teníamos reunidos en la Juventud Desocupada y eran temibles. Recuerdo que iban a buscar trabajo a la Aduana, donde te dan una chapa (licencia) para descargar los barcos. Había que estar ahí muy temprano. Ellos se iban a las 8 de la noche y dormían en la Aduana para estar a las 6 de la mañana cuando venían a entregar las chapas. Pero llegaban los boxeadores del Barrio Sur o Palermo, los sacaban a todos, se ponían ellos y les ganaban la posibilidad de trabajar. Entonces los muchachos se fueron con cuchillos, y me contaba “El Chulo”: “yo lo tenía contra la columna y le daba y le daba…”, le daba puñaladas. Eran muy peleadores. “El Chulo” era un delincuente común. Un día vino llorando a mi casa y me dijo: “Mirá, Washington, yo quiero cambiar”, y así fue. Cuando quise acordar “El Chulo” era miembro del Comité Central del PCU, estuvo 10 años en la Unión Soviética, sus dos hijos fueron a la Universidad. Después tuvimos un problema porque me fui del PCU en medio de grandes diferencias. Nosotros estábamos en la línea china y el partido estaba dividido. “El Chulo” tenía una rabia muy grande, porque yo era todo para él, y me iba del partido, entonces en una discusión me tiró con un vaso. Pero yo entendí que “El Chulo” actuara así. Habíamos sacado adelante tipos que eran delincuentes, porque son todos reformables, salvo que sean locos. Después tenés que buscar la forma de estimularlos.

-¿Por qué te fuiste a Bella Unión?

-Trabajaba en el Cerro cuando Raúl (Sendic) vino en la marcha de los cañeros por la ley de 8 horas. Me fui a verlo para que me contara de su trabajo con los cañeros, y él me invitó a irme con ellos. Casi le digo que sí, pero yo trabajaba en el Ministerio de Ganadería, me había casado hacía tres años, tenía un montón de contras. Cuando fui por primera vez a Bella Unión fue por 20 días. Me había ido del PCU, ellos eran muy críticos con quienes los abandonaban y te llenaban de calumnias. De mí creo que lo único que no dijeron fue que era homosexual, después, de todo, que me había quedado con plata, que había robado… Cuando volví los comunistas se reían y decían: “¡Qué revolucionario! Se va 20 días a Bella Unión, después vuelve y a seguir trabajando”. Pero yo fui a ver cómo era. Después renuncié al trabajo en el Ministerio de Ganadería y me fui definitivamente. Los comunistas tenían mucho respaldo en el Ministerio, entonces, cuando venía y me encontraba con ellos, me decían: “mirá que el puesto está”. Ellos querían que volviera al PCU y en una de las marchas del ‘68, los compañeros me contaron que (Rodney) Arismendi decía: “a Belletti hay que volverlo a ganar”. Seguro, yo hacía un trabajo bárbaro.

-¿Cómo era tu trabajo con los cañeros?

-De lo primero que me ocupé fue de la audición de radio. Empecé a hablar y les preguntaba a los peludos qué les había parecido y todos me decían “muito bom, muito bom”. Hasta que uno me dijo: “mirá, lo que tu fala ninguen entiende nada, tu estás perdiendo dinheiro y tempo”. Yo era el montevideano, entonces tuve que repensar mi trabajo. Cortaba caña con los peludos, después cuando se armaban las ranchadas y nos juntábamos todos a tomar mate y a conversar, empecé a contar las palabras que ellos usaban, y conté alrededor de 250. Noté también que usaban frases muy cortas y, comparado con eso, mis discursos eran muy rimbombantes.  Empecé a hablar más despacio. Decía frases de tres o cuatro palabras. Por ejemplo: “Dueño de la tierra… debe ser el hombre… que la trabaja …con sus manos… y la riega …con el sudor …de su frente”. Y a partir de esto empezó a tener  éxito aquella audición de radio. Les daba a los gringos, a los comisarios apaleadores, al juez. Por eso todos los meses me llevaban preso a Artigas. Me acusaban porque yo decía que un padre bien nacido, lo primero que tiene que hacer cuando ve que su hijo pasa hambre es ponerse un cuchillo bien filoso en la cintura, saltar la alambrada de la estancia, elegir el cordero más gordo, carnearlo y llevárselo. Debe darle de comer al hijo, porque el derecho a la vida está por encima del derecho a la propiedad. Me soltaban y yo volvía a la radio y repetía esas mismas palabras.

-¿Qué decías acerca de la propiedad de la tierra?

-Que la tierra ha pasado de mano en mano a través de la compraventa y de la herencia. Les mostraba que el primer propietario la robó, se apropió de la tierra, de manera que la tierra, igual que el aire, el agua, la luz del sol, son propiedad de todos nosotros.

-Por eso te llevaban preso.

-Luchar por la tierra era incitar al delito, al odio de clases, y por eso yo marchaba a la cárcel de Artigas. En la cárcel me encontraba con otros presos que estaban ahí, por robar una vaca o una oveja. Eran casi todos analfabetos, así que me ponía a dar clases para que aprendieran a leer y a escribir, hacíamos un fenomenal trabajo. Me tenían unas dos semanas más o menos, después me largaban y yo volvía a Bella Unión. También nos sacaban los equipos de la radio, pero la audición de la UTAA era muy prestigiosa, la gente peleaba y nos tenían que dar la radio de nuevo.

-¿Cómo era la UTAA entonces?

-Era un gran sindicato, de pelea. Y cuando los gringos no pagaban lo que debían, llamábamos al inspector de trabajo. Venía con grandes dificultades desde Montevideo y atendía en un salón de la comisaría. El comisario, el inspector, los patrones, todos ellos tenían sillas, a mí me tenían parado las 8 horas, pero yo me hacía el bobo y no les pedía que me dieran una silla, ni ninguna otra cosa, nada. A menudo a los cañeros les costaba cobrar todo lo laburado. Entonces se ponían el machete a la cintura e íbamos a cobrar. Y cobrábamos mucha plata, pero metiendo la pesada.

-¿Cómo eran los actos públicos de la UTAA?

-Los actos en la plaza tenían un éxito muy grande. Yo había hecho la escuela de oratoria y le daba clases a los peludos para que aprendieran a hablar en una tribuna: cómo había que pararse, gesticular, cómo se iniciaba un discurso, se desarrollaba, se remataba, cómo pronunciar. Me acuerdo que los peludos hablaban todo mezclado con portugués y apretando los dientes. Entonces les hacía repetir el discurso con los dientes bien apretados, para que se dieran cuenta del efecto que producía. Se mataban de risa. Sacamos unos oradores de allí que eran analfabetos, pero en las marchas paraban a la gente de cabeza.

-¿Y la policlínica?

-Yo discutía con Sendic porque quería que juntáramos plata para comprar una ambulancia y entrar con las cosas del sindicato en las plantaciones. Pero eso no podía durar, se iban a dar cuenta enseguida. Yo le decía que había que hacer una policlínica. Y si un día vas a Bella Unión tenés que ver la policlínica de UTAA. Debe ser la más linda que hay en todo el Uruguay, preciosa. Me acuerdo que el “Gordo” Isidro, un compañero, me regaló la cuarta parte de una manzana y ahí la levantamos. Nosotros peleábamos contra las señoritas Silva y Rosas porque eran dueñas de 30 mil hectáreas, grandes terratenientes. Una vez llegó una de ellas con el marido jodido y no había médico. Entonces lo llevó a la policlínica de la UTAA. Lo trataron y en agradecimiento regaló dos consultorios de dentista totalmente completos que están todavía en la policlínica.

-También montaron un comedor…

-Levantamos un precioso comedor para todos los chiquilines del pueblo Las Piedras. Eso también fue una lucha. Lo compramos en Brasil, era de madera y lo trajimos desarmado, era una cosa preciosa que nos salió bastante barata. Los de la Aduana no nos lo querían dejar pasar. Y les decíamos: “Esto es un comedor, no le va a dar ganancia a nadie, si no lo dejan pasar vamos a ir a Montevideo a denunciar”. Y como eran todos ladrones, lo dejaron pasar enseguida.

Armamos el comedor, teníamos la policlínica, todo giraba entorno al sindicato. Y aquello tenía una vida bárbara. Una vez a la hermana de un compañero le robaron a su hija. El tipo decía que era el padre de la chiquilina y la mujer vino desesperada  pidiendo ayuda para recuperar a la niña. Salimos a buscarla por todos lados y la encontramos; el hombre tenía a la chiquilina y una escopeta. Nosotros teníamos armas pero resolvimos no tirar, y el tipo al final se entregó y conseguimos a la nena. El juez decía: “¡Pero hasta en esto está la UTAA!”. Estábamos en todo lo que pasaba allá. El sindicato cumplió en estos días 50 años (ahora tiene 52).

-¿Cómo eran las marchas a Montevideo?

-Las marchas llevaban meses de preparación. Íbamos casa por casa a convencer a los hombres sobre todo, porque las señoras en general estaban de acuerdo. Les costaba dejar sus casas y sus cosas, ver quién podría cuidar que no les robaran. Nos veníamos desde Bella Unión, la mayor parte caminando, y cuando las zonas eran muy inhóspitas, íbamos en ómnibus y en camión. Al llegar a los pueblos volvíamos a caminar. Hacíamos actos públicos, mesas redondas, íbamos a la televisión. Antes de llegar a Montevideo nos quedábamos un día en Canelones, esperando y haciendo todos los contactos con los sindicatos rebeldes. Todos se ponían detrás de los cañeros. Me acuerdo que en el ‘68 traían agarradas con cuerdas unas enormes fotos de Raúl (Sendic), del “Che” Guevara y de Artigas. Recuerdo también la entrada de los peludos a Montevideo. Fue un sindicato que hizo época. Y lo que lo caracterizó fue la acción directa: discutir mucho y entre todos llevar las cosas adelante. Nada de “los dirigentes”. Me acuerdo que los milicos preguntaban: “¿cuál es el presidente?”, “¿cuál es el secretario de finanzas?”. “Nadie”, les  respondíamos. “Pero, ¿cómo? ¿Y quién tiene el dinero, los papeles?”. Un día era uno, otro día era otro, y así. El peso lo tenía la asamblea, la gente discutiendo.

-No te gusta dar entrevistas, supe que María Esther Gilio quiso entrevistarte pero no aceptaste, ¿por qué?

-Porque yo no importo. Un gran ejemplo me lo dio Sendic. Después del Tiro Suizo, Sendic va a Uruguayana. Un brasilero contrabandista era el que hacía el enlace con los periodistas. Yo estaba con Raúl allá en el rancho conversando y llega la prensa.  En aquel tiempo no había celulares sino unos grabadores enormes. Raúl preguntaba: “¿Y todo este aparataje pa’ qué es?”. No quiso que lo entrevistaran, les decía: “Hable con los peludos”.

-¿Para que no se concentrara toda la atención en una sola persona?

-El culto a la personalidad está en todos los sindicatos, la misma gente te lleva a eso. Los dirigentes se van transformando y llega un momento que concentran todo el poder en sus manos. Por períodos ese problema lo resolvió bien la UTAA, pero no es un tema fácil y en algunos momentos hubo personalismos. Me dijeron que ahora está muy linda la cosa, hay un grupo de muchachos jóvenes… Pero en las organizaciones sociales aprendés dos cosas: a mandar o a ser mandado. Y bueno, esa es la razón por la cual yo no quería dar entrevistas.

Soledad Cavada de Vasconcellos