Lo que se esconde a la vista de todos

GUÍA TURÍSTICA PARA PASAJEROS DEL 522

Foto: Carlos Rodríguez

Son las nueve y media de la mañana y como cualquier otro día estoy esperando el 522 en la parada de Felipe Carapé y Eusebio Valdenegro, en pleno corazón del Parque Posadas. Varios camiones de reparto están estacionados sobre la calle y dificultan la tarea de distinguir si se aproxima o no el ómnibus. Después de una breve espera, éste emerge detrás de una camioneta cual mastodonte verde que se oculta tras una roca; se me viene encima, reacciono, le hago una seña y subo.

El ómnibus está prácticamente lleno, a excepción de un asiento que permanece libre, esperándome. Mientras me acomodo empieza el recorrido de todas las mañanas, esos 30 o 40 minutos de paisaje repetido enmarcado en una ventanilla. Mientras el ómnibus dobla a la altura de Millán y la rambla sobre el Arroyo Miguelete, me pregunto ¿Cuántos de los que compartimos este bondi estamos ciegos a los detalles de la ciudad, a las particularidades que ofrece Montevideo?. Como es imposible saberlo a ciencia cierta y mi intención no pasa por evangelizar a nadie, restrinjo la pregunta a mí mismo y abro los ojos bien grandes, como si fuera un turista deslumbrado que se topa con una atracción por primera vez.

El trayecto empieza en las “ruinas” de la farmacia Atahualpa, ubicada en la esquina de Millán y Reyes. En la tarde del 28 de marzo del año 2016, una pared y el techo de la histórica botica fundada en julio de 1908 se derrumbaron sin previo aviso. El edificio tenía más de 180 años de antigüedad y había sido declarado de interés histórico por la Intendencia de Montevideo. Para no perder el negocio, sus dueños (bisnietos del fundador, Pascual Faccio) trasladaron la farmacia a la vereda de en frente. Lo que queda de la droguería original se encuentra apuntalada con vigas de acero y no hay indicios de una pronta refacción del local.

A dos cuadras de la derruida farmacia se encuentra la Residencia presidencial de Suárez y Reyes, construída en el año 1908 por el arquitecto Juan María Aubriot. El edificio tiene tres plantas y es apenas visible detrás de las altas rejas y arbustos que cercan la mansión. El predio está contiguo al Jardín Botánico Profesor Atilio Lombardo. Durante las tres últimas presidencias (contando la que está en curso) no ha sido utilizada como recinto para alojar a la familia presidencial. Jorge Batlle Ibáñez fue el último mandatario que le dio este uso; tanto Tabaré Vázquez como José Mujica han preferido destinarla para reuniones de gabinete y otros fines de carácter oficial.

A mano derecha de la casa presidencial se abre la Avenida 19 de Abril, una de las calles más icónicas del barrio Prado. Sus veredas son estrechas y la mayoría están levantadas por las gruesas raíces de los árboles que forman una gran bóveda verde a varios metros de altura por encima de la calle. Las “atracciones” con las que cuenta son varias y de diversa índole, como la sede del club River Plate y su respectiva cancha el “Estadio Federico Saroldi”, llamado así en honor al primer golero de la institución, que falleció debido a un golpe recibido en medio de un partido en el año 1932.

Unas cuadras más adelante, a la altura de la calle Hermanos Ruiz, asoma majestuosa entre las copas de los árboles la cúpula de la Iglesia de los Carmelitas, obra de los arquitectos A. Isola y G. Armas. Este templo católico se construyó en el año 1929 y destaca por su estilo gótico colmado de detalles, como por ejemplo las esculturas de ángeles que recubren la arcada que está encima de la puerta principal de la iglesia.

Al final del tunel de árboles de 19 de Abril el 522 nos introduce en la Avenida Agraciada, arteria que conecta el Prado con el barrio Aguada. En el cruce de estas dos calles se puede ver un gran castillo que pertenece a la secta Moon; en la intersección donde está el predio el chofer acelera la marcha para seguir el ritmo que le impone la avenida. El paisaje pasa velozmente frente a mis ojos y solo alcanzo a distinguir las plazas y monumentos que hay en el trayecto, como la estatua en honor a Joaquín Suárez, ubicada en la calle que lleva su nombre y puesta sobre el solar donde estaba su casa quinta; o la efigie dedicada a José de San Martín en la confluencia de Uruguayana y Grito de Asencio.

Quienes tengan tiempo en detenerse a observar la estatua del libertador argentino, podrán ver que en una de las caras laterales de la base del monumento una placa de bronce con los escudos de Argentina y Uruguay, acompañados de esta leyenda “A la memoria de los Granaderos uruguayos que en los campos de San Lorenzo se cubrieron de gloria el 3 de febrero de 1813. Capitán D. Justo Germán Bermúdez. Soldado D. Ramón Anador. Homenaje del Ejército Argentino a la República Oriental del Uruguay.

En el tramo que queda hasta el Palacio Legislativo el ómnibus aminora la velocidad, mi vista se detiene en el nuevo cartel del “Tropy”, el mítico boliche de cumbia de la calle General Luna y Agraciada. Las caricaturas de Gerardo Nieto y otros referentes de la movida tropical que antes ocupaban la marquesina, han sido reemplazadas por fotografías.

Al mismo tiempo puedo notar que un enorme muro blanco perteneciente a la UTU de Arroyo Seco está intervenido con un graffiti de Jake el perro, uno de los personajes principales del dibujo animado Hora de Aventura.

Antes de llegar a la parada del anexo del Palacio Legislativo, el coche para en los semáforos de Marcelino Sosa: Casa Soler, una de las tiendas más grandes del país; obra del arquitecto Carlos Pérez Larrañaga, nos arroja su sombra. Ya en la parada del edificio José Artigas (comunmente conocido como el anexo al Palacio) hay un recambio de pasajeros y se sube un vendedor de golosinas al que lisa y llanamente ignoro; prefiero dedicar mi atención a las antiguas casas de la calle Yaguarón que se suceden una tras otra.

Los techos altos, los balcones que dan a la vereda y los postigones en las ventanas son las características más comunes de la arquitectura del barrio. Este tipo de construcción se repite en varias zonas de Montevideo; sin embargo, en el cruce de Yaguarón con Pozos del Rey, un detalle rompe la monotonía arquitectónica. Aquellos que estén dispuestos a elevar la mirada podrán ver que, sobre el techo de la casa que está contigua a la empresa Santiago Aloy S.A hay una reproducción de la estatua del León de San Marcos. La escultura es la representación de un león alado con un libro abierto sujeto bajo una de sus patas. Esta figura es la representación simbólica del evangelista San Marcos y es símbolo tradicional de la ciudad de Venecia.

Cruzando 18 de Julio y antes de llegar a San José otra sorpresa espera para quienes estén atentos y con los ojos abiertos: un cartel rojo, al que le falta la “N” y que luce descuidado señala el lugar de la sede del Partido Demócrata Cristiano.

Una vez que el 522 toma Gonzalo Ramírez sé que mi recorrido está también próximo a terminarse. Algunas personas bajan en la parada del Cementerio Central, la gran necrópolis del barrio Palermo que conserva los restos de distintas figuras nacionales. Alfredo Zitarrosa, que no descansa tras sus portones, pero que de tanto vivir frente al cementerio terminó siendo homenajeado con una plaza frente a él, presta su nombre a un espacio público donde los niños juegan y se hamacan.

El ómnibus sube el repecho que comienza en Carlos María Morales, con mucha calma, los apartamentos tapan el sol que proviene desde la rambla. Al aproximarme a la facultad de Ciencias Económicas me voy parando de mi asiento a la vez que alzo la mirada para reencontrarme con una casa que ya he visto varias veces. En la mismísima esquina de Gonzalo Ramírez y Yaro está construído un edificio que la arquitecta Denize Entz define como un ejemplo de “arquitectura ecléctica”. Ignoro cuánta gente está familiriazida con esta terminología, pero quizás ustedes lo reconozcan si les digo que es el que tiene un círculo que descansa sobre seis columnas.

Bajo por la puerta de atrás del bondi y veo a los futuros economistas de este país entrar y salir del Hospital de niños “Dr. Pedro Visca”. Ni siquiera ellos saben, que en las aulas donde les enseñan cada día, las enfermeras se paseaban de un lado al otro atendiendo a los pequeños pacientes; no tienen la culpa, el cartel está oculto por el velo de lo cotidiano.

Marcelo Ayala