El camino que recorren los padres que quieren adoptar

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Cuando la psicóloga le pedía a Maite que se dibujara junto a su familia llenaba la hoja de niñas igual a ella, hoy se dibuja de la mano de su mamá y su papá.

Mercedes y Pablo* querían ser padres, pero los años habían pasado y, entre una cosa y otra, ya no podían tener hijos. La decisión no fue fácil, lo fueron procesando y en 2011 resolvieron adoptar. El proceso comenzó con una entrevista en el Departamento de Adopciones del Instituto del Niño y el Adolescente (INAU). “Lo primero que nos preguntaron fue cómo llegamos” a esa decisión, recordó Mercedes.

Por la edad que tenían se visualizaban con una niña de cuatro, cinco, seis años. No tenían preferencias de etnia, tampoco dejaban afuera la posibilidad de niñas con enfermedades congénitas, como VIH. Pasaron días, meses e incluso años y la pareja no tuvo nuevas noticias del proceso. Los nervios y las ansias no se habían ido y se preguntaban qué habían hecho mal en esa primera entrevista para que no los llamaran. Dos años después, recibieron una llamada para continuar con el proceso de adopción. No habían hecho nada malo, ese era el tiempo que normalmente llevaba el proceso.

Mercedes y Pablo tuvieron distintos talleres con otros padres que se encontraban en su misma situación, también los visitó una asistente social y se entrevistaron con distintos profesionales, entre ellos, psicólogos. En estas instancias, el INAU hizo hincapié en que su trabajo era buscar los mejores padres para cada niño y no viceversa. Además, insistieron en que para cada caso buscaban que los mayores pudieran “sostener la historia que viene detrás de cada niño”, explicó Mercedes.

En los talleres les hicieron escribir un cuento en el que se presentaban ante la niña que iba a formar parte de su familia. Para ilustrar algunas de las situaciones a las que se tendrían que enfrentar les presentaron casos reales de niños adoptados. El de Cris les quedó grabado en la memoria hasta el día de hoy. Era un niño negro que había sido adoptado por una familia holandesa cuyos hijos “eran rubios rabiosos”. El niño tuvo muchos problemas para adaptarse en todos los ámbitos de la vida. La historia de esta familia fue registrada en un video donde se mostraba todo lo que hizo la madre para que Cris se pudiera adaptar a su nueva vida. “Lo llevaban arrastrando a la escuela, uno de cada brazo”, detalló Mercedes.

En este contexto, recordaron las palabras de una de las psicólogas que daba ese taller: “ustedes piensen que, muchas veces, se van a encontrar con Cris”. Además, les explicaron que acá, en general, los padres decidían adoptar porque no podían tener hijos, pero en Europa la situación era diferente, las familias adoptaban niños aunque tuvieran hijos biológicos.

Al terminar todo ese proceso pasaron a formar parte del Registro Único de Adopciones (RUA) y, recién a partir de ese momento, fueron considerados por el INAU como posibles candidatos para adoptar una niña. Mercedes y Pablo estuvieron solo un día en el RUA. Al día siguiente recibieron una llamada: tenían un caso para presentarles. En ese momento, Pablo estaba en el ómnibus yendo a su trabajo. Se bajó, se tomó el ómnibus de vuelta y fue a buscar a Mercedes.

En la oficina les informaron que la niña tenía siete años -casi ocho- y le contaron su historia, no les dijeron su nombre ni le mostraron fotos hasta que tomaron la decisión de adoptarla. No lo pensaron más de cinco minutos, la emoción le ganó a la razón y sin dudarlo dijeron que sí. Recién allí comenzó un proceso de integración, primero se conocieron por fotos y luego llegó el encuentro tan deseado. Les pidieron que llevaran algo de comer para compartir con la niña, y como no tenían mucho tiempo, Mercedes le sugirió a Pablo comprar algo, pero él quería cocinar para esa cita tan especial. “Hizo una pizza que le quedó horrible”, dijo Mercedes entre carcajadas.

“Me acuerdo el momento en que Maite entró a la habitación, le habían hecho la planchita y tenía puestas unas chatitas divinas”, indicó. Las primeras visitas fueron dentro de un hogar del INAU de Canelones. Tres días seguidos visitaron a Maite en ese lugar. El encuentro duraba unas horas y luego cada uno volvía a su casa.

“Durante todo ese proceso vos te vas imaginando a la niña que vas a adoptar y después esa nena real nunca encaja perfecto. El proceso de integración es la ruptura de esos imaginarios. También lo fue para Maite, ella se había imaginado otros padres, más jóvenes. Cuando nos vio, seguramente, pensó ‘qué voy a hacer con estos viejos’. Al poco tiempo de estar en casa nos dijo: ‘nunca pensé que ustedes iban a ser divertidos’’”, recordó Mercedes al tiempo que esbozaba una sonrisa.

 

Dibujo hecho por Maite

Maite se encontraba a cargo de una cuidadora que era responsable de ella y siete niños más. Su historia, como la de la mayoría de los niños adoptados, está marcada por el abandono. Su madre la tuvo con 16 años y fue su abuela la que se ocupó de criarla. Cuando tenía cinco años entró al INAU porque su abuela le pegaba; la denuncia fue hecha por su maestra. Tiempo después, la institución encontró a una pareja que la iba a adoptar. Pero a los 15 días de estar viviendo con sus nuevos papás, la regresaron. El sistema de adopción del INAU prevé que durante el primer año los padres tengan la tenencia del niño, es decir, aún no tienen la adopción definitiva. En este marco, la tenencia es una figura jurídica que desde el punto de vista legal es el tiempo que tiene la familia de origen para reclamar la patria potestad del niño. Durante este tiempo, también los padres potencialmente adoptivos pueden reintegrarlo a la institución; estas situaciones se dan excepcionalmente.

Como a la mayoría de los niños, a Maite no le gusta ir a la escuela ni bañarse. Esas dos cosas y su nombre fueron las únicas que no cambiaron en su vida. La vida de Maite se transformó, pasó de vivir en Canelones con su cuidadora y siete hermanos a ser hija única y vivir en Montevideo. También se cambió de escuela, pero su mayor resistencia fue sustituir el apellido de su madre biológica por el de sus padres adoptivos. Mercedes y Pablo respetaban la decisión de la niña pero también deseaban que Maite tuviese sus apellidos. Finalmente, encontraron una solución que los dejó contentos a los tres: el primer apellido de Maite también podía considerarse nombre, por lo que pasó a tener tres nombres.

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En 2013 se aprobó la ley 19.092 con el objetivo de acelerar los tiempos que llevaba el proceso de adopción. Sin embargo, hoy es aún más lento que antes. En este momento el INAU está valorando a familias que manifestaron su voluntad de adoptar en el primer semestre de 2014. La lentitud del proceso es multicausal, las principales razones son la falta de recursos humanos y el largo tiempo que llevan los procesos judiciales que suman meses de forma muy variada según la situación de cada niño, explicó el vicepresidente del INAU, Fernando Rodríguez. La adopción implica un doble juicio: primero un juez de Familia resuelve que un niño está en condiciones de ser adoptado y luego se resuelve la entrega de un menor a una familia adoptiva.

“La falta de personal está en vías de resolverse”, aclaró Rodríguez, y agregó que en 2018 el tiempo que transcurre entre la primera entrevista y el inicio de la valoración “va a ser muchísimo más rápido” porque están prácticamente duplicando la cantidad de profesionales que se encargan de esa etapa. Recientemente entraron a la institución diez psicólogos y cuatro asistentes sociales, que aún se encuentran en formación.

Una vez que se inicia la valoración transcurren entre nueve y diez meses; a partir de ese momento la familia pasa a integrar el RUA, y en la medida de que haya un niño con características de compatibilidad, el proceso de integración empieza de inmediato. “Lo que el sistema no ha logrado abatir es el tiempo que transcurre desde el momento que la familia manifiesta su voluntad de empezar el proceso de valoración hasta que definitivamente lo comienza”, expresó.

Otra dificultad con la que se encuentra el INAU es que la mayoría de los padres aceptan adoptar un bebé pero son pocos los que desean adoptar un niño de más años de edad, con discapacidades o con una enfermedad crónica. La cantidad desciende también en los casos de adopciones de niños que tienen hermanos en su misma condición porque el INAU busca papás que quieran adoptarlos juntos. “Ese es un proceso complicadísimo porque los niños crecen muchas veces sin encontrar una integración a una familia”, subrayó.

En este momento hay alrededor de 135 niños en condiciones de ser adoptados, más de 70 tienen hermanos en la misma condición. A su vez, 35 familias se encuentran aún en el RUA esperando para adoptar.

Actualmente, 2.900 niños están en hogares del INAU y 570 tienen menos de seis años. A este total se le suman 1.500 niños que se encuentran en 700 familias de acogimiento.  “En este período, se buscó que la mayor cantidad de niños que no pueden estar en su familia de origen, estén en un programa de acogimiento familiar. Estamos en un proceso de reducir la cantidad de niños, sobre todo los menores de cinco años, que están internados en hogares institucionales”, dijo Rodríguez.

Familia Amiga es un programa que la institución se ha encargado de difundir y en el que siguen trabajando. “Continuamos incorporando familias a ese programa y esto es lo que nos va a permitir tener un número muy reducido de niños en hogares, esa es la meta, y que los que tengan que estar en hogares estén por el menor tiempo posible”, señaló el jerarca.

En el INAU hay un Departamento de Búsqueda de Orígenes que se encarga de aportar información y ayudar a reconstruir la historia de los niños adoptados. En general, quienes acuden lo hacen en su juventud, cuando ya son más grandes. Además, la institución apoya a aquellos niños que quieren seguir manteniendo un vínculo con algún miembro de su familia de origen. “Tenemos muchos casos de hermanos que en diferentes momentos fueron adoptados por distintas familias pero facilitan el acercamiento de los hermanitos”, ejemplificó Rodriguez.

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La razón por la que la mayoría de los padres llegan al Departamento de Adopción es la imposibilidad de tener un hijo de forma natural. Luego de recorrer un sinfín de médicos y probar varios tratamientos, Laura y Diego se decidieron a adoptar en 1995. Aunque no tenían preferencias ni de sexo ni de etnia, se imaginaban con un bebé recién nacido.

Laura y Diego vivían en San José, y como todos los padres del Interior que quieren adoptar, cada vez que tenían una entrevista o un taller debían trasladarse a la capital.

Dos años y medio después de haber comenzado el proceso llegó la llamada: en Minas había una bebé de ocho días esperando por ellos. En ese momento se encontraba en Casa Cuna, un lugar donde estaban los bebés recién nacidos que no tenían familia porque, como en las películas, la habían abandonado en la puerta de una casa.

Para Laura, esos dos años y medio no fueron eternos como para la mayoría de los padres, porque mientras esperaba seguía probando tratamientos para tener un hijo natural. Sin embargo, el año que transcurrió para que le dieran la adopción definitiva de Sofía se les hizo eterno: “teníamos que esperar que no aparezcan los padres”, recordó. Llegó Sofía y tres años después, sin buscarlo, quedó embarazada.

La alegría de encontrarse, valió la espera.

Anaclara Trengone

*Todos los nombres de esta nota fueron cambiados.