A los 78 años falleció el músico Daniel Viglietti

GUITARRA, VAS A LLORAR

En un mediodía caluroso, la escalinata del Teatro Solís estaba repleta de personas que se acercaban para despedir a uno de los cantautores de música popular más importantes de nuestro país. En una de las escaleras, un improvisado recital homenaje a cien voces y una guitarra comenzó cuando un hombre comenzó a tocar “A desalambrar” y “Gurisito”(a esta altura clásicos del repertorio cancionístico uruguayo) en su instrumento, e inmediatamente lo acompañó un coro improvisado de al menos cien personas. Se veían lágrimas, banderas y cámaras de televisión rodeando el lugar. Ese martes 31 de octubre, mientras el mes cerraba su ciclo, también lo hacía la vida del músico Daniel Viglietti, quien había fallecido el día anterior a los 78 años durante una operación quirúrgica.

Alejándose unos metros de ese recital improvisado, se veía una extensa fila que nunca terminaba porque la rotación de personas no cesaba. El objetivo de esa hilera de personas era subir al foyer del teatro (un salón rojo que desde la inauguración del Solís se utiliza para brindis y eventos protocolares) donde se ubicó el ataúd con el cuerpo del músico. Cabe destacar que en sus 161 años de historia, esta era la primera vez que se velaba a un músico en el Teatro Solís (el foyer ya se había utilizado para funerales, pero para personas vinculadas a la Comedia Nacional).

Al subir al lugar se podía ver un altar donde yacía un ataúd lleno de flores con el cuerpo del músico. A su lado estaba su guitarra, cubierta por la bandera de Uruguay. Lo llamativo era que el instrumento tenía una cuerda rota y, según comentó uno de sus allegados, se la encontró de esa manera justo antes de partir hacia el teatro. Fue como un símbolo, una guitarra llorando a su maestro. Mientras tanto, la voz de Viglietti sonaba por los parlantes de la sala.

A las 14.00 horas el ataúd fue retirado del lugar. Mientras se desarrollaba el pequeño recorrido entre la puerta del teatro y el coche fúnebre, una lluvia de aplausos caía como si fueran abrazos y se encargaba de terminar de despedir a Viglietti. Mientras tanto, una moto con megáfono repetía una y otra vez “A desalambrar”, la canción más conocida del músico. Desde los ómnibus que pasaban por el lugar, la mayoría de los pasajeros tomaban fotografías con sus celulares; en los balcones alrededor del teatro, la gente también tomaba fotografías y aplaudía para despedir al músico.

Luego de que el coche partiera, la entrada se fue quedando vacía. De a poco, la ciudad volvía a la normalidad; sin embargo, estaba un poco más sola que antes. A partir de ese día, tal vez el cuerpo del músico descanse en un único lugar, pero se podría decir que su alma resurge cada vez que alguien escucha su música, como un canto libre.

Trayectoria discográfica

Daniel Viglietti nació el 24 de julio de 1939 en una familia de músicos: su madre, Lyda Indart, era pianista, y su padre, Céda Viglietti, guitarrista. Si bien Viglietti comenzó su formación en guitarra con el objetivo de convertirse en un concertista de música culta, a principios de la década del sesenta hizo un cambio para dedicarse a la música popular. Él siempre buscó unir esos dos estilos, que parecen antagónicos. El título de su primera obra, publicada en 1963, lo demuestra: Canciones folklóricas y 6 impresiones para canto y guitarra. Aquí, Viglietti mezcla de igual manera la influencia de Claude Debussy y Maurice Ravel, como la del argentino Atahualpa Yupanqui.

En su segundo disco, Hombres de nuestra tierra (1964), Viglietti musicaliza poemas de Juan Capagorry, quien los narra. Aquí, Capagorry ilustra los oficios del campo uruguayo y describe a los hombres que allí trabajan, mientras que Viglietti recurre a diferentes estilos folclóricos latinoamericanos: gatos, milongas, canciones criollas, cañas y cielitos.

A partir del disco Canciones para el hombre nuevo (1968), se podría decir que la obra de Viglietti comienza a tener un contenido político explícito y marcado. En este álbum el músico le pone música a los poemas de diferentes autores como el cubano Nicolás Gullén (“Me matan si no trabajo” y “Ronda”), Federico García Lorca (en las piezas “Canciones” y “Dos baladas amarillas”) y Rafael Alberti (“Mi pueblo”). Aquí también se incluye “A desalambrar”, una de sus composiciones más famosas, escrita en contra de la propiedad privada, y con el objetivo de defender la libertad e igualdad en los pueblos: “A desalambrar, a desalambrar, / que la tierra es nuestra, / es tuya y de aquel”.

Canto libre (1970) sigue con la línea política. Viglietti justifica su postura en la contratapa del disco, donde plantea que su música funciona como un portavoz de la realidad: “El canto es un pájaro inquieto, libre, a veces violento. Puede aprisionársele o herírsele, pero nadie puede detener el canto de todos ellos. Es que no se trata de canciones de protesta, vean ustedes, se trata de pájaros que vuelan cerca, miran, comentan y anuncian la libración”. En este álbum se pueden encontrar canciones como “Me gustan los estudiantes” (de Violeta Parra) y “La senda está trazada”, de Jorge Salerno. Esta última incluye la frase: “América Latina ya lo está gritando, /es la liberación la que se va acercando / pues hay en nuestros pueblos una inmensa fe; / la senda está trazada, nos las mostró el Che”.

Se podría decir que Canciones chuecas (1971) es su trabajo con contenido más radical, con un fuerte mensaje de apoyo al movimiento tupamaro y a la liberación latinoamericana. El álbum incluye una apertura musical, al incluir elementos del pop y del rock. El ejemplo más claro es “El Chueco Maciel, con la batería de Enrique Roizner. La canción “Sólo digo compañeros” cierra el álbum con un himno dedicado a “aquellos que cayeron” (no sólo en el movimiento tupamaro, sino también en toda Latinoamérica luchando por la democracia). Con un ambiente sombrío en cuanto a la música, Viglietti canta: Papel contra balas / no puede servir, / canción desarmada / no enfrenta a un fusil”. Más adelante, Viglietti canta: “Mira la patria que nace / entre todos repartida / la sangre libre se acerca / ya nos trae la nueva vida. Finalmente, la canción, al igual que el álbum cierra con la frase “líberate, hermano”.

En 1973, y con el comienzo de la dictadura, el músico se exilió en Argentina, para después trasladarse a Francia, donde vivió por 11 años. En ese mismo año publicó Trópicos, un álbum grabado en Cuba y donde deja de lado su rol como compositor para dedicarse a interpretar canciones de artistas jóvenes. Por un lado, los pertenecientes a la llamada nueva trova cubana: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola; y por el otro, traduce al español canciones de los brasileños Chico Buarque (la versión traducida de Construção es uno de los fuertes del disco), Edú Lobo y Gianfranscesco Guarineri, adoptando un sonido basado en la bossa-nova (una novedad en su carrera).

Después de tres discos en vivo: “En vivo” (1978), “Trabajo de hormiga” (1984), ambos grabados en Argentina; y “Para ellos canto” (1984) -que registra los recitales que Viglietti dio en setiembre de 1984 en el Estadio Luis Franzini tras el regreso de su exilio- el músico grabó dos volúmenes de A dos voces, álbumes que nacen a partir de un espectáculo realizado junto al escritor Mario Benedetti. En esta ocasión, Viglietti le ponía música a los poemas de Benedetti, quien se encargaba de recitarlos, y que pertenecen a los libros Cotidianas, Poemas de otros, Vientos del exilio, Letras de emergencia y Geografías.

En 1993, Viglietti publicó Esdrújulo, donde se destaca la canción que le da nombre a su disco. Allí, trabaja con la utilización de esdrújulas en el final de cada verso: “Situar la brújula al sur paupérrimo / armar las síncopas contra los déspotas /cambiar la tónica por una séptima / tocar en triángulo sones esféricos”. Finalmente, en 2004, publicó su último álbum, Devenir, en el que mezclaba canciones propias con versiones de composiciones de Alfredo Zitarrosa (“Milonga cañera”) y Atahualpa Yupanqui (“Recuerdos de El Portezuelo” y “Chacarera de las piedras”).

Rodrigo Guerra