Rosa Luxemburgo, vida y obra de una incomprendida a cien años de la Revolución Rusa

VIVIR EMANCIPADA

 

“Ellos en 1917 no se imaginaban que tenían que hacer lo que hicieron en 1920. Resulta más fácil conquistar el poder que mantenerlo, y más fácil mantenerlo que dejarlo”. Con esa afirmación el historiador y director de la editorial Karl Dietz Berlin, Jörn Schütrumpf, de la Fundación Rosa Luxemburgo en Alemania, comenzó su intervención en la casa cultural Bertolt Brecht, que contó con traducción simultánea al español.

Su conferencia titulada “Una nueva receta para la ensalada rusa” giró en torno a la figura de la revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo, al centenario de la Revolución Rusa. En su intervención criticó la Nueva Política Económica (NEP) leninista, la burocratización del socialismo y la censura que no garantizó las libertades políticas o de expresión.

La concepción “luxemburguista” del socialismo ayuda a dirigir y comprender sus críticas: sea legítimo o no hablar de “luxemburguismo”, como si su pensamiento fuera una unidad acabada y particular, la idea de socialismo para los revolucionarios comunistas alemanes Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo no compartía completamente algunas de las ideas leninistas. Ambos rechazaron el nacionalismo como una desviación que empobrecía la perspectiva revolucionaria. No compartían la distinción entre vanguardia que guía la causa revolucionaria y una masa receptiva que es guiada. Proponían mayor libertad de acción y autodeterminación del proletariado, y en ese sentido postularon las huelgas de masas como un mecanismo muy potente de acción política. Según la visión de Schütrumpf, esto se debe a que las revoluciones tienen su propia psicología, su “espontaneidad” particular.

Para los fundadores de “la liga espartaquista”, germen del Partido Comunista Alemán, la libertad es entendida como el espíritu indoblegable de la causa socialista y su motor es la lucha de clases. Luxemburgo predicaba esa libertad imponiéndose sin tapujos en un mundo de hombres. Sin embargo, han buscado convertirla en una imagen prácticamente muda.

Mujer, de origen judío, brillante, revolucionaria y comunista, eligió vivir emancipada, controlar su cuerpo para no tener hijos. Vivió y murió por el proyecto socialista, por la libertad de la humanidad, contra toda tiranía y forma de explotación.

Las chispas que encendieron la revolución

El profesor Schütrumpf afirmó que “Rosa fue la primera que creyó que podía darse una revolución en Rusia. De hecho la primera ocasión se presentó en 1904 cuando Rusia perdió la guerra contra Japón, para sorpresa del mundo”.

El 9 de enero de 1905, en una procesión de heridos, 200 mil personas marcharon pacíficamente hacia las puertas del Palacio de Invierno (hogar del zar Nicolás II) para reclamar mejores salarios y condiciones laborales. Allí se encontraron con el Ejército, que comenzó a disparar a la multitud, en lo que fue llamado el “domingo sangriento”. Para el historiador, este asesinato en masa fue “la semilla que encendió la revolución”.

Los objetivos de la revolución de 1905 para el profesor eran, en primer lugar, pasar de un estado policial absolutista a una monarquía constitucional, y en segundo lugar completar la revolución agraria. La estructura social de Rusia en 1913 comprendía a un “90 por ciento de campesinos y a una pequeña clase obrera, alrededor de un 2 por ciento de la población”. El corazón industrial de Rusia era Polonia y en menor medida lo eran Moscú y San Petersburgo. El resto era un país continental mayormente campesino.

Para Schütrumpf, la toma de poder por los bolcheviques hace 100 años significó la primera experiencia en la que “un partido proletario, representado exclusivamente los intereses de los trabajadores, tomó el poder”. Además “tuvo efecto en masas proletarias de otros países”, señaló.

En los acontecimientos de 1917 el problema central fue que “las revoluciones siguen sus propias leyes, porque son fracturas en las sociedades”, sostuvo el conferencista. En este sentido, argumentó que una revolución no equivale mecánicamente a progreso, lo que se puede ejemplificar con la metáfora de un péndulo o movimiento pendular. La revolución puede acercarse hacia la izquierda y avanzar, o retroceder a la derecha a un estado anterior. Schütrumpf consideró que hay vastos ejemplos de eso en la actualidad: “La realidad es que estamos en constante movimiento”, sostuvo, aunque opinó que el péndulo se puede estancar, lo que equivale a la imposibilidad colectiva de creer que las cosas pueden mejorar.

La vida y todo lo demás por el socialismo

Luxemburgo sabía hablar ruso, alemán, polaco, inglés, italiano y francés. Nació y creció en el Reino de Polonia, en la ciudad de Zamość, y luego se trasladó junto a su familia a Varsovia. El territorio en ese momento era controlado por el Imperio Ruso y dirigido por el zarismo, un régimen opresor y tirano.

En 1889, con tan solo 18 años de edad, Luxemburgo emigró a Suiza para evitar ser detenida por sus vinculaciones con el socialismo y el movimiento proletario. Se había afiliado al partido polaco Proletariat a los 16 años. “En 1890 estudió en Zurich, luego en París, y aunque desde 1898 vivió en Berlín siempre su peor enemigo continúo siendo el zarismo”, aseguró el profesor.

La militante revolucionaria fundó con el teórico marxista Leo Jogiches el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia en 1893. Fue la principal referente de la socialdemocracia polaca. Más tarde se mudó a Berlín, donde se casó para obtener la ciudadanía. Radicada en Alemania participó activamente en el Partido Socialdemócrata Alemán y fundó con Karl Liebknecht la Liga Espartaquista, que luego sería el Partido Comunista Alemán.

En la época en que parecía imposible derrocar al Imperio Ruso, que recién abolió la esclavitud y la servidumbre en 1861, “Luxemburgo junto al revolucionario Karl Liebknecht fueron los primeros en suponer contra todo pronóstico que iban a haber cambios revolucionarios en Rusia”, dijo el historiador.

No tan estudiada ni tan comprendida

Schütrumpf afirmó que en el momento en que Rosa Luxemburgo imaginó la toma del poder y la dictadura del proletariado en Rusia, cuando esa clase era tan solo un 2 por ciento frente al 90 por ciento campesino, “estaba segura de que no iban a poder conservar el poder. Pero en 1905 nadie la comprendía”, planteó.

Además, aseguró que en la actualidad recién “se tradujeron 2 mil páginas de las obras de Rosa Luxemburgo”. Buena parte de su obra se encuentra escrita en polaco aunque la publicó desde Alemania. “Esto recién se empezó a investigar en 2010, y en 2014 tradujeron algunos de sus escritos al alemán”, afirmó. En base a cientos de artículos, correspondencia, discursos e intervenciones, el historiador concluyó que la obra de la revolucionaria no es un todo homogéneo.

“Los que sí conocían las ideas de Rosa Luxemburgo eran los bolcheviques, particularmente Lenin, con quien se entrevistó en Finlandia”, aseveró el conferencista. Aclaró que “él era contrario a sus ideas porque ella creía que tenía que generarse una democracia en Rusia, una constitución y un estado de derecho para poder formar políticamente a una clase proletaria inexistente en ese momento, de mayoría campesina”, de forma que pudiera generar su propia conciencia y emancipación.

Del análisis del historiador se desprende que Luxemburgo creía que la Revolución Rusa tenía que conquistar también algunos objetivos planteados por la Revolución Francesa.

Revolución Francesa, Revolución Rusa: objetivos comunes.

Para el historiador alemán, la diferencia entre una y otra es que la primera estuvo precedida por largos procesos de ilustración. Éstos se sintetizan en el lema “Libertad, igualdad y fraternidad”. Los revolucionarios franceses defendían la propiedad privada contra el feudalismo, principio fundamental de la sociedad burguesa y del capitalismo.

A principio de siglo no toda Rusia se encontraba en el feudalismo, pero existían toda clase de relaciones de dependencia. Una clase dominante, aristócrata y decadente explotaba y empobrecía el país para amasar riquezas. “Increíble que (los bolcheviques) pensaran que de eso se pudiera pasar al socialismo, fue sin dudas una idea muy audaz”, planteó Schütrumpf. Para el profesor, “lo específico y especial de este proceso es que debería haber desembocado en una revolución burguesa pero no se contaba con una burguesía local significativa”. Agregó que tenía sin embargo la misma tarea que la Revolución Francesa 115 años antes: “generar una revolución agraria y erradicar el feudalismo”.

Para el historiador alemán la revolucionaria polaca creía que era necesario empujar la revolución hacia la izquierda para obtener una dictadura del proletariado, que garantizara la extirpación total del feudalismo y la democracia, de manera que el péndulo no regresara a un absolutismo prerrevolucionario.

La cuestión campesina y la colectivización de la tierra

Luego de la Primera Guerra Mundial hubo una hambruna gigantesca y muchas pérdidas humanas que alimentaron la revolución. Con estos ánimos, en junio de 1917 el gobierno aún quería continuar la guerra. Para Schütrumpf, los bolcheviques “trajeron agua para su molino y se opusieron a la guerra desde el principio, por considerarla un enfrentamiento imperialista que solo traería desgracias a la clase trabajadora internacional”. Sin embargo, aseguró que el partido bolchevique era pequeño. “La revolución verdadera la habían empezado los campesinos, quienes eran el verdadero motor. Desde el mes de setiembre incendiaron propiedades, asesinaron a sus amos y colectivizaron la tierra”, afirmó.

Para Schütrumpf el problema cardinal de la revolución socialista que quería construir Lenin, en las particulares circunstancias históricas de Rusia, comenzó en 1920-1921, cuando se puso en práctica la NEP. En 1920 ya no había posibilidades de regreso al feudalismo. “Sin embargo los bolcheviques se tuvieron que enfrentar al descontento de los campesinos que eran mayoría en el país”, dijo el profesor.

Es así que en 1921 los bolcheviques se vieron forzados a generar la NEP. Para el historiador, eso evidenció la necesidad de introducir el capitalismo en la economía agraria. Lo consideró un problema significativo para el transcurso de la revolución socialista. En sus escritos de la época, Luxemburgo planteó que “la apropiación directa de la tierra por los campesinos no tiene nada en común con la economía socialista”.

Aunque en su momento generó una recuperación económica posguerra, Lenin concebía este proceso como un defecto, producto de la realidad rusa. En ese sentido declaraba en 1923: “no somos lo suficientemente civilizados para pasar directamente al socialismo, a pesar de que las políticas tienen sus primeros frutos”.

Fue sin dudas una situación social extremadamente traumática y compleja. Los medianos propietarios no querían entregar sus cosechas y animales al Estado, y preferían destruirlos. “Rosa Luxemburgo había dicho mucho antes que los propietarios de tierras serían los peores enemigos de la revolución”, aseguró Schütrumpf. En el texto “La Revolución Rusa”, Rosa Luxemburgo planteó: “la consigna levantada por los bolcheviques: toma y distribución inmediata de la tierra por los campesinos (…) no solo no es una medida socialista, sino que no permite encarar esas medidas; acumula obstáculos insuperables para la transformación socialista de las relaciones agrarias”. Allí, Luxemburgo agregaba y sintetizaba: “la toma de las grandes propiedades agrarias por los campesinos (…) llevó simplemente a la transformación súbita y caótica de la gran propiedad agraria en propiedad campesina. No se creó la propiedad social sino una nueva forma de propiedad privada”.

Luxemburgo, con su intuición profética que no era más que su increíble capacidad de razonamiento revolucionario, aseveró: “la reforma agraria leninista creó una nueva y poderosa capa de enemigos populares del socialismo en el campo, enemigos cuya resistencia será mucho más peligrosa y firme que la de los grandes terratenientes nobles”.

Recordar siempre

El 15 de enero de 1919 paramilitares antirrevolucionarios (los freikorps, veteranos conservadores de la Primera Guerra Mundial) asesinaron a Rosa Luxemburgo junto a otros revolucionarios alemanes. Según Schütrumpf, fue la única teórica marxista mujer en la escena de principio de siglo que discutía mano a mano con los viejos socialdemócratas alemanes y los demás miembros la II Internacional sobre el destino del socialismo.

“No se consideraba feminista porque era consciente de la trampa de los hombres de mandar a a las mujeres a ocuparse de los temas de mujeres”, como el sufragio femenino, consideró el académico. Vivió emancipada y libre. Luxemburgo no pensó mucho en las condiciones de poder sino de emancipación. Para ella, según Schütrumpf, las mayorías tenían que ser conscientes del socialismo y querer emanciparse. Sino era así, no sería posible. Murió convencida de la inevitabilidad de un mundo donde seamos “humanamente diferentes y totalmente libres”.

Verónica Pellejero