La cultura mbyá guaraní

URUGUAY NO ES UN NOMBRE EUROPEO

Verá y el monte. Fotomontaje: Sofía Kortysz

“Cuando pienso por qué se pierde tanto la cultura, la lengua, las tradiciones, pienso que en este mundo la cultura indígena es un valor que los propios indígenas no están valorando. Entonces pienso que ahora tengo que aprender a valorar eso, aprender a empezarnos nuevamente, a recuperar la memoria perdida, el canto, la conexión con el monte, con el río. Y de a poquito lo voy recuperando. Mis hijos prácticamente no salen a la ciudad. Si van, como que se asustan un poco. Están siempre en el monte. El muchacho este es el que más ama el monte”, dice Verá señalando a uno de sus hijos. Vive a varios kilómetros de la ruta. Hace unos diez años que se instaló en San José. Explica que ese es el tiempo máximo que residen en un lugar. Su nombre significa relámpago, el de su esposa rocío. Ellos son mbyá guaraníes.

La frontera

El 2 de agosto el diario El País publicó una nota sobre un grupo de mbyá guaraníes que había llegado a Aceguá, un pueblo de Cerro Largo en la frontera con Brasil. “Decía algo como ‘ahora los indigentes fabrican canastos para sobrevivir’, que comían lagartos, que los niños estaban descalzos, con piojos, que la iglesia les cortaba el pelo, era como volver a la época colonial. Ahí me enteré de que estaban y empecé a averiguar, porque lo presentaban desde la ignorancia”, dijo a SdR la antropóloga Analía Pérez, que realizó múltiples estudios sobre comunidades mbyá guaraníes.

El encargado de las exposiciones del Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI), Luis Bergatta, explicó que un grupo de funcionarios del museo, la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y el Ministerio de Desarrollo Social fue hasta la localidad para ver cómo se encontraba la familia. Pero también “para contrarrestar el peso de una noticia con una intencionalidad dada o mal redactada”. Y es que para los uruguayos, tal como explican diversos trabajos sobre el tema, este es un país sin indios. Pérez recordó en su tesis de grado que un artículo del semanario Brecha de 1977 se tituló “En Uruguay también existen”. 40 años más tarde, ante la llegada de este grupo a Aceguá, se podría publicar otro artículo con el mismo título.

Pero estos mbyá guaraníes que se encuentran ahora en un cañaveral de caña Tacuara no son los primeros en territorio uruguayo. Verá llegó junto a su familia, como otras, en la década del 80. Tampoco esas familias fueron las primeras. Son grupos milenarios que han entrado y salido del país. Para los mbyá guaraníes no existen las fronteras, los estados naciones. Ellos conciben el territorio de Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay como un mismo espacio de memoria e identidad.

Los papelitos

“…lamentablemente tuvimos que hacer esto, si no para la sociedad no somos nada. El papel de la propiedad de un pedazo de tierra para nosotros no es importante. Importante es vivir en esa tierra”, dice Verá. Él, como su esposa y sus hijos, tiene cédula de identidad pero para ellos esos “papeles” no significan nada. Sus hijos, que nacieron en su casa, también tienen partida de nacimiento. “En Brasil capaz que no es tanto pero acá en Uruguay es muy difícil. Si les digo ‘somos indígenas y por eso no tenemos documentos’, qué van a decir”. Para Verá, si algo no representa el documento de identidad uruguayo, valga la redundancia, es su identidad. De hecho, en su cédula dice “Elio” porque Verá es un nombre sagrado. “Elio es para hacer papel pero no lo uso para nada. El nombre es como tu alma, es lo que te guía, es lo que te enseña el camino para poder crecer”.

Despertar los sueños

En su tesis, Pérez cuenta que la familia de Verá se trasladó desde Brasil a Uruguay, pues su padre soñó con este país. Y Verá, a poco de que empiece el diluvio, me cuenta que a los sueños se los descifra con el mate en la mañana. Los mbyá lo toman para abrir caminos y recordar lo que soñaron. El sueño puede pautar lo que se debe hacer. “Si sueño con un viaje y me acuerdo de ese sueño, es como un plan. Qué es lo que planeo hoy. Hoy planeo hacer una quinta, hoy de cacería, hoy de pesca o ir a visitar a mi gente. Esos días son días buenos para caminar bien, sin que suceda nada en el camino”.

Ser mbyá en Uruguay

Verá explica que sus tres hijos y su esposa son los cinco indígenas que viven en Uruguay. Cuando llegaron, ambos eran niños. Inicialmente el Estado los ubicó en la isla Filomena, en Río Negro, en tierras difíciles de cultivar. A fines de los 80 se les asignó un nuevo predio en el Parque Lecoq. En 1991, Verá se casó y partió con su esposa a la Quebrada de los cuervos. Luego vivió en Rosario, Colonia, y ahora en San José. Tanto su familia como la de su mujer, partieron en 2003. Pese a ello no se siente solo, dice que a muchos uruguayos los siente “hermanos”, lo que no quiere decir iguales. Verá habla de “ellos” y “nosotros”.

Con las instituciones el vínculo no es tan armonioso. “Tengo miedo, creo que es mi miedo. Pero ellos aprenden, saben leer y escribir. Yo a veces, cuando tengo tiempo, les enseño un poco. La otra más grande habla bien español, tiene 16 años la gurisa. Ella habla muy bien. Mi miedo de mandar a la escuela o a estudiar, es que siento que en algún momento se van a perder, porque he visto muchos de la comunidad que van a la universidad y no vuelven, que encuentran un mundo diferente para ellos, entonces como que les atrapa mucho. Tal vez que si ellos no quieren, esto no pasaría. Pero mi miedo grande fue ese”. Verá asegura que por mucho tiempo tuvieron problemas por no mandar a los hijos a la escuela ni vacunarlos. A muy pocos quilómetros de su casa, por el camino de pedregullo que lleva a ella, hay una escuela rural. Se nota que no está seguro de que la decisión de que sus hijos no asistan sea la mejor. “Pero estamos bien, ellos están bien”, concluye. En cambio con las vacunas la negativa es rotunda. Afirma que no tiene claro si son buenas o malas pero que si uno no le teme algo, ese algo no sucederá. Así que sus hijos no están prevenidos con vacunas. La firmeza espiritual aleja las enfermedades.

Creer

Cuando empieza la lluvia, Verá sugiere entrar a su casa. Desde mi lugar en la mesa, lo que se impone es la imagen de gran tamaño de la virgen pegada en un armario. “Ese es un regalo de un niño. ‘Vos dejalo a la vista que te va a acompañar siempre’, dijo, y lo puse ahí. Es un niño de 6 años, por algo dijo”. Le pregunto si creen en algún dios. “Para nosotros el dios es el monte, ahí está el dios. Todo lo que es monte, río, piedras. Todo lo que es parte de la naturaleza, es dios para nosotros”.

Verá es un guía espiritual, como su padre. Dice que es su misión y por ello pasó desde los 8 hasta los 12 años en un Opy, un sitio de rezo. Solo podían visitarlo sus padres y sus abuelos. Verá, cada vez que los menciona, lo hace por separado: “padre”, “madre”, “abuela”, “abuelo”. Quizás esto tenga que ver con el papel central que tiene la mujer en su cultura. El primer año allí extrañó bastante, el segundo ya no tanto y para el tercero, dice, “ya vivía casi en otra dimensión”. A los cuatro años pudo salir y ya no volvió. Hay quienes solo permanecen fuera 15 días y retornan al encierro por otros cuatro años. Esos guías conectan con los espíritus. Él no, es un “líder de este mundo”, aclara.

Desde hace 14 años realiza sanaciones, caminatas, enseña a plantar. Afirma que muchos uruguayos que viven en la ciudad notaron que precisaban conectarse con la naturaleza. “En la ciudad viven corriendo, se alimentan mal, no duermen bien. El cuerpo hay un momento que ya no puede, que su espíritu ya no puede”. Por eso ha crecido la cantidad de gente que lo acompaña en las caminatas por la Quebrada de los Cuervos o que asiste a su casa para sanar. Le gusta compartir lo que ha aprendido y lo que son. Dice que todas las personas vinimos a aprender a este mundo.

Verá asegura que hay dos tipos de enfermedades: la diaria y la espiritual. La primera puede ser el cansancio, las preocupaciones. La segunda es la que traemos en la sangre, son las heridas que nuestros padres no sanaron. Él intenta curar, además de con la energía, con la pipa y las medicinas naturales. Pero le preocupa que los montes estén alambrados y que haya plantas a las que no puede acceder. Los indígenas, como todos, terminan comprando en las farmacias.

Como rayos de sol

El maíz es la planta fundamental de los mbyá guaraníes. No solo es la base de la alimentación, es también una guía espiritual. La plantan en un círculo del que salen trece surcos “como rayos de sol”. A través del color del maíz, anticipan lo que pasará el próximo año. Allí está su calendario que “existe pero no físicamente, no se ve, solamente los abuelos, los grandes sabios, solamente ellos saben. A través de ellos, nosotros recibimos. No es un calendario físico, es energético. Los abuelos ven y muestran”.

Me acerca un maíz que me llama la atención, me pregunto si será pintado. Nunca vi uno que tuviese granos de distintos colores. A un amigo suyo le pasó lo mismo. “Miró así y dijo: ‘¡pa, qué trabajo pa’ pintar uno por uno!’”.

Cambios

La madre de Verá tiene una buena casa, vehículo y celular. Él explica que muchas comunidades han entrado en la lógica del consumismo: quieren cambiar el auto, tener una casa mejor. Eso “los separa de su cultura”. Verá y sus hijos también tienen celular. A él le costó utilizarlo, le quita energía.

Antes de encontrarme con Verá, me reuní en el MAPI con Bergatta. Hablamos de cómo a veces a los uruguayos nos cuesta entender que los indígenas pasen a utilizar tecnología, vestimenta o cualquier cosa de nuestra cultura. Bergatta afirma que tenemos una formación que hace que validemos nuestros cambios pero no los del otro y que desea “romper esa idea de que los grupos indígenas tienen que hacer lo mismo que leíamos en los libros o mantener las mismas costumbres que supuestamente tenían antes de la conquista”.

Cómo llamarlos

Le pregunté a Verá si le molestaba que se les llamara indígenas, ya que muchos académicos aclaran que es mejor hablar de pueblos originarios. No sé si entendió que mi consulta se refería a la denominación, pero su respuesta fue mejor que mi consulta. “Somos indígenas, qué vamos a decir. Hay muchos indígenas que si vos le decís indígena se ofende porque no quiere ser indígena. ¿Por qué no quiere ser? Capaz que tengo que estar orgulloso de ser indígena. Por aprender. Gracias a ser indígena tengo conexión con la tierra, con el agua, con el monte. Y me puedo comunicar con la naturaleza también. Gracias por ser indígena. Eso tengo que agradecerlo”.

Sofía Kortysz