El camino de las jugadoras de la selección sub 17 hacia el próximo mundial

LA QUE QUIERE CELESTE QUE LE CUESTE

Foto: AUF

Con la mochila cargada de esperanza, dedicación y un poco de presión Agustina Caraballo, Sasha Larrea, Camila López y Valentina Morales salen muy temprano de sus casas y, muchas veces, no vuelven hasta la noche. Alternan los libros con la pelota porque saben que vivir del fútbol es un privilegio de pocas. En Uruguay, el fútbol femenino es amateur y la cantidad de jugadores que han emigrado al exterior se cuentan con los dedos de las manos.

Una pelota, 22 jugadoras, el árbitro que pita y noventa minutos durante los que el hincha espera gritar un gol. Las reglas son las mismas pero las protagonistas son niñas, adolescentes o mujeres. Y a pesar de que en Uruguay el fútbol es el deporte que más dinero mueve, todo cambia si lo juegan las mujeres. El apoyo que reciben, muchas veces, no alcanza para pagar el ómnibus en el que se tienen que trasladar o la cancha en la que tienen que jugar, con pozos, desniveles y a veces sin pasto. Algunos equipos practican en campitos o a la luz de un farol público. Pero hay satisfacciones que valen el esfuerzo. Este año, Agustina, Sasha, Camila, Valentina y 29 jugadoras más fueron preseleccionadas para integrar la selección femenina sub 17, que jugará el mundial de esa categoría el próximo año en Uruguay.

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Las cuatro jugadoras, que ahora son parte del plantel femenino de Peñarol, comenzaron a jugar al fútbol desde niñas. “Yo siempre jugaba con mi hermano a la pelota y quería copiarle. Era arquero y ese puesto me gustaba porque lo veía a él”, cuenta Agustina. Valentina tenía 4 años cuando fue a su primera práctica. Un día fue a ver jugar a su hermano y para que no se aburriera, su padre se puso a jugar a la pelota con ella. “El presidente del club me vio y le preguntó a papá por qué yo no jugaba. Al principio mamá no quería porque era nena y era chiquita, y yo iba a jugar con varones. Después papá me llevó porque él fue jugador de fútbol. Fui, practique y quedé”, dice y agrega: “Cuando tenía 12 me cambié a jugar con las nenas por el físico, porque yo era re chiquita y veía que los varones pegaban el estirón y yo seguía igual”.

De chica, Sasha jugaba con sus compañeros de la escuela y también con su primo. Cuando él iba a su casa lo único que hacían era jugar a la pelota: “Él fue mi inspiración”, recuerda. Camila jugó en El Tigre y después en Huracán de la Arena. “Cuando fui a Huracán al técnico no le gustaba que en su equipo hubiera nenas, pero me vio jugar y quedé. Igual, en los cuatro años que estuve fui la única que entró al equipo”.

No es casualidad que las cuatro jugadoras integren la selección, es fruto de un camino lleno de dificultades en el que las ganas pudieron más. Con el apoyo de la familia como pilar fundamental, estas adolescentes dividen sus días entre la obligación de los estudios y la pasión por el fútbol. A las seis y media de la mañana sale Sasha de su casa para ir a estudiar, se lleva el tupper con el almuerzo porque después practica y no vuelve hasta la noche. Las demás tienen rutinas similares: cuando llegan a sus casas, cenan y se acuestan, y les resulta casi imposible encontrar el tiempo de estudio para escritos y parciales. “Es el primer año que me llevo una materia a examen pero claramente todo es sacrificio”, explica Sasha.

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Esta es la segunda vez que una selección femenina uruguaya compite en un mundial. En 2012 la sub 17 participó del evento organizado en Azerbaiyán: en esa oportunidad quedó en el puesto 14 de 16 integrantes, mientras que en el sudamericano que clasificaba a esa copa salió vicecampeón detrás de Brasil. Sin embargo, este mundial es distinto para las jugadoras porque se juega en Uruguay. “Imaginarte jugando acá, que tu familia esté en la tribuna alentando y que te vaya a apoyar, es mucho mejor porque si vos vas a otro país, lo vivís sola. El mundial no va a ser solo una gran experiencia para nosotras sino también para el fútbol femenino en Uruguay porque va a ser una explosión; creo que la evolución (del fútbol femenino nacional) va a depender de cómo nos vaya”, opina Valentina.

A pesar de las dificultades, de que el apoyo llega en cuotas y de que cuando se dice “fútbol” automáticamente se lo asocia con los varones, la ganas están intactas. El fútbol femenino tiene eso: primero se exigen los resultados y recién después llega el apoyo.

Anaclara Trengone