Violeta Parra cumplió cien años y se festeja en Canelones

VIVIR UN SIGLO

"Contra la guerra", arpillera bordada por Violeta Parra. Foto: MAPI

Tal vez le hubiera gustado festejar su cumpleaños en Canelones. Violeta Parra nació en San Fabián de Alico, un 4 de octubre, en una comunidad rural de la precordillera en el sur de Chile. El paisaje y las costumbres eran bastante parecidas a las de los pueblos canarios. En este departamento una obra textil de la artista se expondrá a partir del 8 de diciembre, como parte de los festejos.

El cumpleaños de Violeta Parra ha sido un acontecimiento muy importante en Chile. Coros de niños, orquestas sinfónicas municipales, grupos folclóricos y de rock la homenajearon y revivieron sus tonadas en ciudades y campos. Las celebraciones abarcaron más de trescientas actividades oficiales a lo largo del país. Los homenajes, incluso, cruzaron la cordillera y llegaron al Teatro Colón de Buenos Aires, donde figuras de nivel internacional le rindieron tributo cantando sus canciones.

Es que su trayectoria musical es muy conocida tanto en su país de origen como internacionalmente. No tan conocidas son sus obras de arte: piezas textiles, pinturas al óleo y esculturas. Una de sus piezas, la arpillera bordada “Contra la Guerra”, está actualmente en exposición en el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI). La inauguración de la muestra contó con la participación del recientemente fallecido cantautor uruguayo, Daniel Viglietti, y el poeta, docente e investigador chileno, Jorge Montealegre, quienes realizaron un homenaje conjunto a la artista chilena, patrocinados por el museo chileno “Violeta Parra”.

Jorge Montealegre, invitado por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE), presentó una lectura sobre la obra “Contra la guerra”. Su mirada da la posibilidad de profundizar en la vida de la artista y su producción: Violeta “crece en la estrechez económica pero no en la indigencia cultural”, contó, porque Nicanor Parra, su padre, era maestro de Primaria, poeta y un destacado folclorista en la región. También tocaba el violín, ya que en Chile los maestros enseñan a sus alumnos a cantar y a tocar algún instrumento musical durante los cursos. Nicanor se casó con Clara Sandoval. Juntos criaron diez hijos, ocho nacidos en ese matrimonio y dos que Clara, viuda, traía de una unión anterior. La madre no se quedaba atrás en sus cualidades artísticas: cosía para sostener a la familia y cantaba canciones campesinas. Violeta aprendió con ella a “cantar y bordar”, dijo Montealegre.

Todos los hermanos Parra Sandoval aprendieron a leer y a escribir en un país que tenía altos índices de analfabetismo y en una zona donde la desigualdad social, aún hoy, es abismal. “Los Parra se educan en un ambiente de creación, trabajo y pensamiento político”, planteó Montealegre. Violeta cantó desde muy joven y a los 12 años ya había compuesto su primera canción. Ella es la que animó a los hermanos a ganarse la vida como artistas callejeros a partir de un suceso inesperado: cuando cantaron en la puerta de la casa, los transeúntes les dieron monedas y alimentos. A partir de ahí comenzaron a cantar en mercados y calles. Y fueron un éxito.

El registro de la niñez aparecerá después en las arpilleras, donde plasmó sus vivencias. Montealegre agregó que “las condiciones adversas que vivió la familia no determinaron un destino fatalista que enterrara las potencialidades y frustrara las vocaciones”. Nicanor Parra, el antipoeta, su hermano mayor, animó a Violeta a viajar a Santiago a continuar sus estudios en la Escuela Normal. Ella lo escuchó y se inscribió, y aunque poco después dejó los estudios, formó con su hermana Hilda el dúo “Las hermanas Parra”, con el que continuaron su vocación artística y recorrieron radios, peñas y casas de recreo.

Violeta se desempeñó en múltiples empleos: “cocinera, niñera, lavandera, niña de mano, todos los oficios”, enumeró Nicanor en su “Defensa de Violeta Parra”. A los 21 años se casó con Cereceda, ferroviario y sindicalista que la vinculó al Partido Comunista. De ese matrimonio nacieron Isabel y Ángel. Violeta se separó de Cereceda 10 años después pero dejó registro de esa unión y sus sentimientos en las “Décimas”, autobiografía en versos:

“A los diez años cumplí’os / por fin se corta la güincha; / tres vueltas daba la cincha / al pobre esqueleto mío”.

Violeta continuó con su creación artística, recorrió y cantó en circos y con una compañía de teatro ambulante. Animada otra vez por su hermano Nicanor, se dedicó a la recopilación e investigación de música folclórica. A partir de esa etapa cambió su antiguo repertorio de rancheras y canciones españolas a canciones folclóricas, que ahora cantaba en las universidades, porque a pesar de las dificultades, logró reconocimiento en el mundo académico.

Nació su tercera hija y ella comenzó a componer sus propias canciones. Grabó dos discos en 1953 y se convirtió en una artista reconocida. Fue invitada al V Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Finlandia “Por la paz y la amistad”. Durante ese viaje grabó en la Fonoteca Nacional del Musée de l’Homme de La Sorbonne, donde fue reconocida como folclorista. Mientras estaba en Europa murió en Chile su hija Rosa, la menor, de 2 años, y el dolor de esa pérdida también lo relató en sus “Décimas”.

Cuando regresó, en el año 57, la contrataron en la Universidad de Concepción para investigar sobre el folclore de la zona y en poco más de un año fundó el Museo Nacional del Arte Folclórico Chileno en esa Universidad. Continuó con sus composiciones musicales y editó dos discos de larga duración. Comenzó a incursionar en la cerámica, pintó, bordó sus arpilleras. Recorrió Chile, investigó, desterró tradiciones musicales. En el año 59 enfermó de hepatitis, lo que la llevó a producir más arpilleras y pinturas que luego se expondrían en la Feria del Parque Forestal, en Santiago.

Después de vivir en Argentina, donde dio clases de música, escultura y artes textiles, en el año 62 volvió con sus hijos a Europa. Expuso sus arpilleras, óleos y esculturas de alambre en el Museo del Louvre, la primera vez que un artista realizó una exposición individual en ese museo. Publicó en Francia un libro sobre poesía de los Andes y participó en un documental de la televisión de Ginebra. En el mismo año, y también en Ginebra, donde se había instalado, se llevó a cabo la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarme. El papa Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano II y preparó la encíclica Pacem in Terris, en un intento de adecuar la Iglesia a los intensos cambios sociales que se estaban produciendo. Durante ese año se produjo la crisis de los misiles en Cuba. En esos días bordó la arpillera “Contra la guerra”, que se expone en el MAPI y que es una de sus obras más emblemáticas. Violeta dijo: “Lo primero que vemos son personajes que aman la paz. La primera (de morado) soy yo porque es el color de mi nombre. Estoy acompañada por un amigo argentino, una amiga chilena y una indígena. Las flores de cada personaje corresponden a sus almas. El fusil representa la guerra y la muerte”.

“Violeta Parra fue pacifista pero rechazó la pasividad y la indiferencia”, analizó Montealegre. “La vemos en una fotografía marchando en una manifestación, entre la gente, rodeada de pancartas que llevan el signo de la paz. Se ve silenciosa. Siente que no basta marchar y que debe construir un alegato contra la guerra que tenga resonancia”, y por eso borda “Contra la guerra”, aunque la interpretación puede ser “un atrevimiento”, admitió Montealegre. “Tal vez la obra de arte no necesita explicación, pero creemos que no es irrespetuoso tomar su obra para que el público tenga más elementos, enriquezca sus interpretaciones y complete la obra. Es mediación, en cierto sentido, que ella también hizo: ‘Yo tomé los cantores populares para darles a conocer su alma’, había dicho. ¿Por qué no compartir las miradas para conocer mejor el alma de Violeta Parra, que es el canto de todos?”. En el bordado “hay una escopeta y, en su interior, una cruz negra y una vela”. En este fragmento, para Montealegre, “hay una crítica a la Iglesia oficial, alejada de los pobres, la misma que critica en la canción ‘Que diría el Santo padre’. Al lado izquierdo y derecho además están sendas guitarras, símbolos de canto, mientras que en la parte superior se adivina un globo terráqueo, específicamente Sudamérica, muy dividida y con las banderas de los países que se extienden a uno y otro lado, tal como Violeta canta en la canción ‘Los americanos’: ‘Mi vida, los pueblos americanos/ mi vida, se sienten acongojados/ Mi vida, porque los gobernadores/ mi vida, los tienen tan separados’”, recordó Montealegre en su exposición.

A su regreso a Chile, Violeta instaló un centro cultural: la Carpa Folclórica de la Reina, cuando corría el año 65. Grabó su último disco con el uruguayo Alberto Zapicán, titulado “Últimas canciones”. Estaba desencantada porque la carpa no lograba convocar la cantidad de público necesario y, ella, a pesar de su talento, seguía luchando contra la pobreza. Había obtenido reconocimiento en su país y en el extranjero, pero no era suficiente.

Su amor, el suizo Gilbert Favre, se había casado con otra mujer. Compuso “Run Run se fue p`al Norte” y al año siguiente, en el año 67, se suicidó.

En Chile la dictadura llegó a tiempo para impedir la inauguración del museo que ahora lleva su nombre y sus obras se dispersaron, cuidadas por su familia, en el exilio. Entre ellas la arpillera “Contra la Guerra”, que recorrerá los museos del departamento de Canelones, comenzando su periplo en el Museo Spikerman de la capital canaria el 8 de diciembre.

Soledad Cavada de Vasconcellos