Testimonio de una persona que participó de los recientes robos de cajeros automáticos en Montevideo y Canelones

SIN TINTA EN LAS MANOS

Fachada de la Unidad Penitenciaria Santiago Vázquez N°4 / Foto: Branden Luis Figarola, SdR

Conectaron dos tanques. Uno de gas acetileno y otro de oxígeno. Uno de ellos metió las puntas de las mangueras en las válvulas. El hidróxido de calcio y acetileno, acompañado por el oxígeno, pasó por los tubos. El gas comenzó a llenar la bolsa de látex, que se infló cada vez más dentro la caja de chapa. La batería conectada y los cables en mano generaron la chispa. La explosión salió del cajero de la calle Francisco Acuña de Figueroa y Treinta y Tres, en el balneario Bello Horizonte de Canelones. Era una noche donde los árboles se movían sin dirección aparente. En las cunetas las ranas croaban. No había un alma recorriendo las veredas. Vacilaban adoquines rotos y la escena se rompía con un sonido que tembló el pecho y despertó a muchos canarios. Era el viernes 2 de febrero a las 3.30, la misma madrugada en donde un equipo de profesionales salía cubierto por mamelucos y con millones servidos en bandeja. Dejaron atrás los restos de un cajero automático.

Los integrantes de la banda salieron en tres vehículos distintos y tomaron tres rutas diferentes. En una camioneta Hyundai H1 iban dos jóvenes vestidos de civiles y un poco nerviosos. La policía los frenó durante su viaje de escape hacía la ciudad, suponiendo que tenían el dinero. Pero ellos no lo tenían. El botín se escapó por otro camino que los oficiales desconocían. Los arrestaron y los metieron a la fuerza en el patrullero por la puerta trasera. En el camino hacia la Cárcel Central de Montevideo hubo una conversación que quedó en la cabeza de uno de los jóvenes detenidos por el robo millonario:

- Ustedes son ladrones de guante blanco- dijo el policía conductor. La hicieron muy bien. Ya los estábamos esperando.

Uno de los jóvenes ladrones que robó aproximadamente cinco cajeros automáticos en lo que va de 2018 explicó a SdR su versión de la historia, cómo entró dicho equipo, con quiénes, y cómo era el procedimiento de los hurtos explosivos.

Hubo al menos 23 intentos de robo de cajeros desde finales de 2017. A fines de octubre del año pasado el robo de cajeros automáticos se volvió noticia frecuente por las diversas técnicas implementadas para sacar el dinero, entre ellas la vía explosiva. Esta técnica de saqueo se utilizó por primera vez el 30 de octubre en Chucarro y Pagola, en el centro del barrio Pocitos, donde los delincuentes se llevaron alrededor de 2 millones de pesos. Esta tendencia se aceleró en el inicio de 2018. En este año, delincuentes intentaron explotar o robar cajeros automáticos al menos 13 veces, tanto Montevideo como en el interior.

El joven, apodado “Robín Hood”, un día en la rambla de Parque Rodó conoció gente que tenía la idea de estallar cajeros automáticos. Le dijeron que era inteligente, que tenía facilidad nata para organizar los equipos. Lo convencieron de que podía ser millonario, lo unieron al equipo y entre 15 personas invirtieron en materiales, herramientas y transporte. Era una de las pocas bandas que usaba esta técnica de robo. La policía presumía que era importada desde Argentina, pero en realidad lo era desde Chile: los “coordinadores” que manejaron la idea y lo convencieron eran chilenos.

Barrios montevideanos como Pocitos, Palermo, Bella Vista, Malvín, Buceo y varios sitios en Canelones fueron víctimas de este delito. Hasta ahora el balance ha sido completamente negativo para cada institución bancaria del país, que debe asumir las pérdidas de efectivo y costos de reparación. La ola delictiva les costó varios millones. Para los usuarios también implicó un problema, a causa de las medidas de seguridad que impiden retirar dinero en horas de la noche, en determinados lugares.

El entrevistado no recuerda su primera explosión, sí tiene una idea de la fecha y el lugar: a fines del año pasado o principios de este año, cerca de un supermercado Devoto, en un lugar que no quiso determinar. Sí explicó los roles del equipo en los distintos momentos de robo. Como eran 15 sujetos, los roles eran rotativos y diversos: algunos cerraban las calles para que nadie pasara, otros asistían al que instalaba el equipo, inventaban rutas de escape, uno limpiaba las huellas, y habían otras tareas. La comunicación entre ellos era por celular, a través de auriculares.

No todo salió como en una película hollywoodense, en otras ocasiones los delincuentes fracasaron y, a veces por la velocidad con que se movían, dejaron dinero en el lugar de los hechos. Preferían robar un Automated Teller Machine (ATM) que a los ciudadanos. “No robábamos y lastimamos a la gente. Sí robábamos al Estado y a las grandes corporaciones. Y lo hacíamos en pocos minutos”, dijo el ahora recluso de la Unidad Nº4 Santiago Vázquez, también conocido como Comcar. Es un edificio viejo, gastado y triste. Desde hace mucho tiempo que le falta una capa de pintura. Rejas con alambre de púa y carteles rojos que rezan no ser traspasados, señores vestidos de verde con chalecos antibalas, cascos y rifles de alto calibre rodeaban la cárcel. Parecería que la gente adentro respiraría sin esperanza. Deprime de sólo mirarlo.

Su condena es de tres meses porque fue un “hurto especialmente agravado millonario”, no tenía armas de fuego con él y no tiene antecedentes. Sus otros compañeros, que fueron arrestados y procesados tienen condenas más largas y hasta pedidos de deportación para seis de ellos.

Vida entre rejas

En los últimos años, el Estado uruguayo implementó una política penal altamente punitiva. La tasa de encarcelamiento entre 1999 y 2017 pasó de 4.117 personas a 11.500. Esta política ha puesto en condiciones mortificantes a sus encarcelados. Los homicidios son la primera causa de muerte en la prisión, el año pasado se alcanzó una tasa histórica: 46 fallecidos. El entrevistado se describe como una amable persona y con buenas intenciones, y habló de su intención de no dañar a ninguna persona, sino de solamente robar. Pide que si lo van a encarcelar sea en un lugar “decente” y entre los suyos, los ladrones, o en una chacra en las afueras de la ciudad. Culpa de su procesamiento al Estado. Él fue detenido por hurto sin arma de fuego y se queja de que lo hayan mezclado con asesinos y violadores, aunque se lleve bien con cada uno de ellos. No saben su nombre, pero lo respetan. “A los ladrones de verdad se los respeta. Son los que se roban millones, como yo”, dice riéndose. Actualmente, duerme con tres reclusos más; no tiene duchero, se baña a “táper” o baldes de agua del grifo y comparten todos juntos un baño.

El Comisionado Parlamentario Penitenciario, Juan Miguel Petit, presentó un recurso de amparo ante la Justicia luego de recibir la denuncia de que seis prisioneros de la Unidad Nº 4 se encontraban desnutridos. Luego de que el Ministerio del Interior (MI) apelara una primera decisión, el Tribunal de Apelaciones emitió un fallo, el 2 de agosto de 2017, en el que solicita las “Reglas Mandela” y obliga al MI a aplicar, en menos de 30 días, un tratamiento individualizado para los seis reclusos en causa. Esta fue la primera vez que se invocaron las “Reglas Mandela” en la jurisprudencia uruguaya, lo que crea una importante expectativa sobre el impacto positivo que esto podría tener en las condiciones de detención del país.

El nuevo Luis Vitette asegura que es mentira que te rehabilitan en la prisión, sino que todo lo contrario, se sale peor. “En vez de tratarnos como personas, nos ponen en cajas como si fuéramos ratas”, dijo. Según él, los guardias “maltratan a los prisioneros pegando y robándoles las pertenencias en allanamientos para quedárselas ellos o hasta venderlos a otros módulos”. Lo único que le enseñó el sistema carcelario fue a no volver a pisar jamás el patio de una cárcel ni vivir “entre la mugre y gente hija de puta”.

Nadie de su círculo cercano sabía lo que hacía por las madrugadas con su equipo. Y cuando salga tiene plata para gastar. “Guardo plata de otros hurtos explosivos”, dijo. Contó que de un cajero en un supermercado que queda en Paysandú y Ejido se llevó 5 millones de pesos con su equipo y, a partir de ese momento, depositó su parte del monto en algún lado desconocido.

La nueva medida y un nuevo comienzo

Cuando Jorge Vázquez actuó como ministro del Interior interino le puso firma a un decreto en el que se incita a los bancos (que deberán hacerse cargo del costo) a instalar un sistema de seguridad en sus cajeros que “entinta” (y por lo tanto inhabilita) los billetes una vez que ocurre la detonación. Los cajeros que cuentan con este sistema tienen un cartel que advierte: “Cajero protegido. Sistema antirrobo. Entintado”. El sistema se activa cuando se produce una vibración de determinadas características, como por ejemplo una explosión. El convicto millonario no siente culpa por lo hecho, pero coincide en que las medidas de seguridad se deben tomar como en todos los continentes del primer mundo, y sabe que la nueva medida que implementa manchas de tinta en el dinero es muy complicada de sortear.

El joven recluso discrepa con algunas formas de la delincuencia actual, específicamente con aquellos ladrones que hacen rapiñas y lastiman a la gente por pocos montos de dinero, ya que “si te agarra la policía, te procesan y te condenan por años”. “Yo no me mancho las manos, ni con sangre ni con tinta. Me considero un Robín Hood por así decirlo”, afirmó. Por último, me explicó que no era parte de la “Banda del gas”. Según él, ellos eran “amateurs”. Cuando cumpla su condena, piensa comprarse un auto y ser conductor para Uber y ponerse en buena forma física nuevamente. No lo volvería hacer, aunque tiene muchas ofertas de trabajo que le prometen lo mismo que el anterior: millones de pesos. Quiere disfrutar de la libertad e ir tres veces a la semana por 15 meses a la comisaría a firmar papeles sobre su prisión domiciliaria. Se despidió con una frase que invita a la reflexión: “Es lo peor perder la confianza en algo. El Estado perdió mi confianza porque nunca supo buscar mis soluciones, solamente robó, específicamente a la gente. Entonces me pregunté por qué yo no puedo robar y ellos sí. Cuando lo hice rompí el tejido social y generé, según el Estado, delincuencia. Eso provoca inseguridad. Y eso es lo que quieren, que estés inseguro y distraído por otra cosa que no sea ellos”.

Branden Luis Figarola