Una nueva edición de Tocó Venir dio la bienvenida a la generación 2018 de la Udelar

LOS QUE VINIERON A LA CAPITAL

Tocó Venir 2018 / Foto: Federica Carámbula, SdR

Adictos a las redes sociales, al uso del celular, que solo les gusta divertirse y rechazan responsabilidades. Sobre los jóvenes se dice mucho y, en una sociedad envejecida como la uruguaya, la juventud suele ser vista con ojos negativos. Llenos de ideales y esperanzas tontas, les falta conocer, les falta vivir. Quizás sea esa falta de experiencia y la ingenuidad o quizás la voluntad de progresar, crecer y conocer, la que motiva a cientos de jóvenes a abandonar sus ciudades de origen y alojarse en Montevideo para comenzar una carrera universitaria.

Tocó Venir 2018 / Foto: Lucía Gandioli, SdR

En 2017 fueron más de 24.000 jóvenes los que ingresaron en alguna de las carreras ofrecidas por los servicios de Universidad de la República (Udelar). Muchos de ellos vienen del interior del país con la valija cargada expectativas, sueños, dudas y miedos. Algunos llegan a la puerta de la casa de un familiar, un amigo o un conocido establecido en Montevideo. Otros recurren a las residencias y comparten su habitación con otros jóvenes con historias muy parecidas a la suya.

Anualmente, las nuevas generaciones universitarias son bienvenidas en el festival Tocó Venir. Un evento que reúne actividades informativas, lúdicas y espectáculos musicales. Maite López, directora de la Secretaría de Infancia, Adolescencia y Juventud de Intendencia de Montevideo (IM), comentó a SdR que el encuentro surgió con el objetivo de “darle una fiesta y una bienvenida como se merecen a los jóvenes que vienen con el objetivo de estudiar por primera vez a Montevideo” y fue tomando cuerpo hasta ser una fiesta para toda la generación que ingresa.

Otras acciones

Además de esta actividad puntual, la IM gestiona el Hogar Tocó Venir, dirigido a jóvenes entre 18 y 24 años que vienen a la capital a estudiar por primera vez. Actualmente, en el hogar se alojan 28 estudiantes seleccionados a través de un proceso que consta de varias etapas, y el costo es de $1600, según comentó a SdR Bruno Gentile, coordinador del Hogar Tocó Venir. “Se toman decisiones semanales entre el grupo de jóvenes y el equipo técnico en cómo se va gastando el dinero. Se cogestiona el tema del gasto”, agregó.

López sostuvo que la intendencia destina varios programas a la juventud, entre ellos los centros juveniles, distribuidos por toda la ciudad, que desarrollan actividades lúdicas y educativas diarias y semanales; Movida joven, que apunta a la visualización de artistas; y Montevideo Imagina, un espacio para que “los jóvenes puedan proponer qué mejoras quieren para la ciudad en el marco de la planificación que hace la IM”.

El motivo de consulta más recurrente recibido en el Centro de Información Universitaria es sobre becas vinculadas al alojamiento y sobre modalidades de cursos semipresenciales, comentó a SdR Lucía Pimentel, becaria de la oficina. Pimentel sostuvo que “quienes más desertan en el primer año son aquellos que vienen del interior”. Los miembros del Programa de Respaldo al Aprendizaje (Progresa) son quienes acompañan a los estudiantes en la etapa de transición de secundaria y la universidad. Desde el Centro de Información lo que se hace es derivar a otros servicios tomando en cuenta el motivo de consulta.

Lejos de casa

Paula armó las valijas cuatro semanas antes del inicio de clase. Hace años que estaba decidida a estudiar en Montevideo, no sólo porque las oportunidades disponibles en Paysandú, su ciudad natal, no le satisfacían. También tenía el ejemplo de su hermano, que hoy reside en la capital. Estudió y se recibió en Montevideo, no se fue más. Paula siente que va por el mismo camino. Una semana después de guardar la ropa, unos libros, fotos, la computadora portátil y chucherías en una gran valija, despidió a sus padres y su hermano en la terminal. Sin conmoverse más que un poco por la despedida, saludó a su mamá por la ventana del ómnibus y emprendió viaje. “Me gusta estar acá y no pienso en volver”, dice convencida. “Soy independiente”, agrega.

Los ómnibus son lo único que le generan un poco de problema a Paula. Siempre están llenos y, para ella, más que un fastidio es un asombro por la cantidad de gente. Pero lo que más le gusta de Montevideo son los vínculos que generó desde el primer día de clase. Ese día conoció a Romina, que había llegado hace unos días desde Melo.

Tocó Venir 2018 / Foto: Lucía Gandioli, SdR

La mamá de Romina la despidió llorando, ella y su hermano menor también lloraban. Parecía la última vez que iban a verse a los ojos, y esta vez eran ojos rojos, achinados y con la vista nublada. No pasaría más de un mes para que esas miradas se volvieran a encontrar, pero esta vez no hubo lágrimas. Los ojos claros de Romina desbordaban emoción. “Las dos semanas antes de venirme lo pensé bien. Tenía miedo por el cambio. Tener que acostumbrarme [a Montevideo]. Al día siguiente de llegar, empecé a generar vínculos y se fue el miedo”, cuenta. Romina está viviendo en una residencia. Llegó allí por recomendación de la odontóloga de su barrio. “Nunca se me pasó por la cabeza quedarme allá, siempre quise venirme. Si te digo la verdad, extrañé los primeros días. No me arrepiento de la decisión que tomé”, afirma.

Ambas decidieron no recurrir a las becas ofrecidas por el Servicio Central de Bienestar Universitario (SCBU), a estudiantes que necesitan un apoyo económico para iniciar una carrera o mantenerse en el sistema universitario, por una cuestión de plazos y porque opinan que no es sencillo obtener la beca. “Tengo varias amigas a las que no se la dieron. Entonces preferí evitar todo el tema de frustración”, dijo Paula. Tampoco consultaron por orientación en Progresa.

Otra suerte

Facundo corrió con una suerte distinta. Sí accedió a una beca del SCBU, aunque aún sigue en trámite. Estaba sentado en la escalera la Plaza 1º de Mayo, mientras esperaba a la primera banda del Tocó Venir, y aunque tenía cara de estar estudiando alguna ciencia social, es estudiante de Medicina.

Esperó hasta último momento para venirse a Montevideo. Dejó un margen de un par de días antes del comienzo de clase para organizarse y establecerse en una residencia del barrio Cordón. Una semana antes de la “despedida final” pasó de encuentro en encuentro con amigos, conocidos y familiares. La despedida en la Terminal de Salto lo dejó llorando. Fueron a despedirlo sus padres, su novia y amigos. “Nunca me había separado tanto de ellos”, admite. Aún no ha visitado a sus padres, pero su novia vino a vivir aquí para estudiar Psicología.

“Mientras esté entusiasmado con la carrera yo creo que se va a hacer más llevadero”, dice, pero a diferencia de Romina y Paula, extraña mucho su ciudad: “Es un cambio brusco. De estar en una ciudad por ahí más chica, más tranquila a la capital donde está la mayor concentración de personas”.

Los tres estudiantes manejan sus gastos con el apoyo de sus padres. Les envían dinero según las necesidades que vayan teniendo. Facundo tiene un descuento en la residencia en la que vive gracias a un beneficio del trabajo de su madre y además recibe la beca, pero le sigue siendo difícil cubrir los gastos. Algo parecido le sucede a Romina, que tiene pensado conseguir trabajo, pero primero espera acostumbrarse al estudio y la vida en Montevideo.

Extrañen su ciudad o no, con comodidades o sin ellas, la oportunidad de estudiar en Montevideo es vista de forma esperanzadora por los jóvenes. Las valijas ahora vacías que venían cargadas de expectativas, sueños, dudas y miedos, van encontrando respuestas a las incertidumbres, la costumbre y la experiencia van disipando el miedo y quizás también alguna expectativa. Pero algo parece común entre estos estudiantes: el entusiasmo y la esperanza. Porque les tocó, les tocó estudiar, les tocó venir a vivir a la capital.

Lucía Gandioli