Con Matilde Severo Barreto, a 40 años de la desaparición de sus hermanos

EN LAS GARRAS DEL CÓNDOR

Blanca Barreto y sus cinco hijos en la primera marcha cañera

En 1975 el panorama no era demasiado alentador para la familia Severo Barreto. El mayor de los cinco hermanos, Ary, ya había caído preso dos veces cuando era menor de edad; estaba claro que no le esperaba algo mejor con 20 años y en plena dictadura.

 

A los 15 años fue detenido por su vinculación con la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA), y en en 1972, tras ser capturado por las fuerzas conjuntas por integrar el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), fue trasladado a la Colonia Suárez, donde estuvo hasta su mayoría de edad. Allí trabó amistad con Jorge Martínez, quien se casó con su hermana Marta pocos años más tarde, y con Wilson Falero, otro joven allí recluido con quien compartía ideales políticos. Ary era conocido en su entorno como “Tatú”, dada su complexión maciza y pequeña, y su militancia en el interior del país.

Su padre tuvo mucho que ver con su temprano interés por la política: José María era socialista y formaba parte de la organización sindical cañera. Junto a su esposa Blanca y sus cinco hijos vivían en una granja, pero tras una gran inundación, tuvieron que trasladarse a Bella Unión, donde establecieron contacto con la zafra del azúcar y se consolidaron como una de las primeras familias cañeras de la región.

Con la dictadura ya instalada, como a muchos de sus compañeros del grupo de resistencia del MLN, a Ary no le quedó otra que refugiarse en otras tierras. Tatú, quien acostumbraba dar discursos políticos desde niño, le había dejado claro a su madre que no renunciaría a sus ideales; el peligro era inminente. Su madre decidió acompañarlo junto con sus otros hijos. Manejaron la posibilidad de partir rumbo a Chile, pero lo descartaron y optaron por Argentina.

Una vez allí, Marta se instaló en la ciudad de Claypole, junto a su esposo Jorge y su hija recién nacida, Verónica. El menor de los hermanos, Carlos, también vivía con ellos y una tía, Rosa Álvarez, que había ido a ayudarlos temporalmente con el cuidado de la bebé. Según el testimonio que dio Álvarez en 1985 al periodista Alberto Silva, el 20 de abril de 1978 “a las dos de la madrugada sentimos unos golpes; parecía que la casa se venía abajo, me dio el tiempo nada más que de tirarme de la cama, me prendieron la luz y veo a Jorge y a Carlos tirados en el suelo ya con las manos atadas. Estaban allí, con itakas, con metralletas, yo qué sé cuántos había, y otros revisando toda la casa”.

Cuatro días después, los militares dieron con el paradero de Ary, que trabajaba en una fábrica y vivía en la zona de San Martín, junto a Beatriz Anglet. De acuerdo a lo que informaron los vecinos en ese momento, en las primeras horas de la mañana del 24 de abril de 1978, un grupo de personas armadas irrumpió en la casa y, tras desvalijarla, se los llevaron en un vehículo policial.

Los dos núcleos familiares estuvieron recluidos en el centro clandestino de detención Pozo de Quilmes. Rosa Álvarez fue liberada a los 19 días. La hija recién nacida de Marta fue entregada por los secuestradores a una vecina chilena en el momento de la detención y recuperada finalmente por su abuela tres meses más tarde, mediante una orden judicial.

De los cinco, sólo quedaron Matilde y otro hermano. En aquel entonces, Matilde tenía 18 y si bien se había criado en el seno de una familia con una marcada avidez política, no militaba; su única vinculación con la política era a través de sus hermanos. El otro hermano no soportó la desaparición de su familia, se refugió en el alcohol y murió de un ataque al corazón en los años 90.

SdR conversó con Matilde Severo Barreto, quien 40 años después sigue buscando respuestas.

-¿Dónde te encontrabas cuando desaparecieron tus hermanos?

-Estaba viviendo en Montevideo, en una pensión de la calle Brandzen, con el papá de mis hijos, que también era ex preso político. Me había vuelto de Argentina en setiembre del ’77, donde viví un año y poco con mi madre; ellos desaparecieron en abril del ‘78.

-¿Pensás que se la veían venir?

-Y sí, ya estaban cayendo muchos compañeros, incluso algunos les dijeron que tenían que irse porque las cosas venían mal, pero por algún motivo no tomaban la iniciativa. En diciembre arrasaron, fue una de las más grandes caídas y ellos quedaron casi para el final, porque las últimas fueron en abril y mayo del ’78.

-¿Cómo te enteraste?

-Fue a los 15 días de que sucedió, no recuerdo bien cómo, creo que me llamó la suegra de Ary, quien también había estado sospechando, porque iban tipos a la casa vestidos de particular preguntando por ellos.

-¿Te acordás del momento?

-Sí, nosotros veíamos que algo raro pasaba, porque al padre de mis hijos lo esperaban en la pizzería en la que trabajaba. Un guardia le dijo una vez que los militares se estaban moviendo mucho, que parecía que lo estaban buscando. Recuerdo que me llamó por teléfono y me dijo: “Tratá de sacar todos los materiales que tengas”.

-¿La persecución que estaban viviendo terminó luego de eso?

-No, duró tres años más; en ese momento yo trabajaba en una fábrica de cuero y cuando salía, estaban ahí. Tuvimos que cortar todos los contactos, más que nada de mi marido, que era militante del MLN. Nos dejaron de señuelo para seguir agarrando gente.

-En el año 1985 el periodista Alberto Silva se encontraba en el Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en Uruguay (Sijau), cuando apareció Rosa Álvarez para dar su testimonio. Ella dijo que alcanzó a ver por debajo de la capucha una caja de cigarros de la marca Nevada, e incluso declaró haber escuchado modismos uruguayos en las voces de algunos militares. ¿Cómo fue que Álvarez finalmente se atrevió a hablar?

-El testimonio de Rosa fue crucial para el caso, pero conseguirlo llevó tiempo; si bien no había sido torturada, mientras estuvo detenida la había pasado muy mal y cuando salió tenía miedo de que si hablaba, le hicieran algo a su hija. Cuando yo tenía 24 años la busqué, le pedí por favor que diera su testimonio y le di la dirección de los abogados del Sijau. Ella estaba aterrorizada, no había forma de convencerla. Un tiempo después, un neurólogo y un psiquiatra que la atendían comenzaron a preguntarle por qué estaba así, si había tenido algún problema, pero ella se negaba a hablar. Un día apareció una nota en la Revista Gente sobre las cárceles clandestinas y al ver la foto, Rosa se dio cuenta de que había estado ahí; fue entonces cuando decidió contar lo que vivió.

El testimonio

El discurso de Álvarez resultó decisivo para poder determinar que, efectivamente, la desaparición de la familia Severo Barreto tuvo que ver con la ejecución del Plan Cóndor y que la voz de mando provenía de Uruguay. Este pacto criminal fue establecido el 25 de noviembre de 1975 en una reunión realizada en Santiago de Chile y se puso en marcha cuando se contó con una verdadera red de dictaduras en el Cono Sur.

En 2005, el periodista Gabriel Pereyra sacó a la luz información de un posible tercer vuelo de la muerte realizado en 1978. En ese vuelo habrían trasladado desde Argentina a Uruguay a Ary Severo Barreto y a Jorge Martínez Horminoguez, entre otros, según le habrían confirmado fuentes militares que mantuvo en reserva.

 

La impunidad hoy

-¿Sentís que se ha avanzado en el esclarecimiento del caso, más allá del testimonio de Álvarez?

-Lo que concretamente considero un avance fue haber metido al Goyo (Gregorio Álvarez) preso. Mi testimonio fue uno de los detonantes en el dictamen de su sentencia; en un momento, la receptora me preguntó: “¿Tenés algo más para agregar?”. “Sí”, le dije yo, “que ahí dice que son cinco desaparecidos, y eran siete”. El juez me miró y dijo: “No, no puedo creer”.

-¿Qué le dirías a alguien que dice que hay que dejar el pasado atrás?

-Nosotros como familiares lo tenemos muy presente porque nos tocó en carne propia, pero más allá de eso, intentamos transmitirle a la gente que descubrir la verdad es una asignatura pendiente de los Estados o, más precisamente, de los gobiernos de cada época; de ahí la consigna (de la última Marcha del Silencio) “responsabilidad del Estado de ayer y hoy”. Hay todavía más de 200 personas desaparecidas. Considero que la nuestra es una lucha justa, es un derecho que tenemos los familiares de saber qué pasó y que nos entreguen los restos. Hay quienes dicen “¿qué quieren ahora? ¡Ya están muertos!”; incluso, hay algunos familiares de desaparecidos que no nos pueden ni ver, no quieren saber nada con la movilización. Pienso que hasta que los uruguayos no saldemos ese debe que tenemos no vamos a estar tranquilos, porque nadie nos asegura que lo que pasó no vuelva a pasar.

-¿Esperás más del gobierno uruguayo?

-Al gobierno le estamos exigiendo una respuesta, consideramos que se avanzó muy poco, y creo que la falta de acción de su parte tiene que ver con la relación entre el gobierno y las Fuerzas Armadas, es ahí el tema. Hay lugares que ahora estamos investigando donde supuestamente estuvieron los desaparecidos. Los que cavaron la fosa y enterraron a nuestros familiares no son los mandos altos, ni los medios, son los bajos, es a esa gente que todavía vive y que sabemos que está acá a la que estamos apelando. Todavía no se sabe bien qué pasó, si quedaron en el Río de la Plata, hay quienes dicen que supuestamente pasaron por La Tablada, pero faltan testigos que los hayan visto en alguna cárcel. Para actuar, el que tiene que dar la orden es el Presidente de la República, pero hay un pacto de silencio entre los mandos civiles y los militares.

-¿El gobierno está ayudándolos?

-Me estuve moviendo mucho en Argentina, allá están mucho más adelantados que acá, donde el gobierno asumió la tarea de encontrar a los desaparecidos (durante la presidencia de Néstor Kirchner) y puso a su Secretaría de Derechos Humanos a trabajar en ello. Empezaron a investigar la desaparición de los montoneros y ahí mecharon a Ary como uruguayo desaparecido, por pertenecer al MLN. Tuve una videoconferencia y les llevé todo lo que me había preparado mi abogado, era la única forma de poder encontrarlo; hasta ahora no he tenido novedades.

-¿Creés que podría llegar a haber otra dictadura en Uruguay?

-No sé si tanto como una dictadura, pero hay ciertos llamadores. El Estado destina mucho dinero a las Fuerzas Armadas, en un país de 3 millones de personas, que no debería tener más que unos pocos militares que las conformen de forma simbólica. Los militares están en los cuarteles, siguen con la misma escuela que cuando estábamos en dictadura, y como decimos nosotros: todos son culpables hasta que no aparezcan los verdaderos culpables. No tenemos garantía de que no vuelva a pasar.

Familia y memoria

-¿Tenés contacto con tu sobrina? ¿Cómo lleva el tema de lo que vivió?

-Sí, tenemos contacto. Ella vive en Argentina, tiene dos hijos. Y… lo lleva con psicólogo.

-¿Y tu madre?

-Mi madre vivía cerca de Ezeiza cuando desaparecieron mis hermanos. Falleció a los 84 años, tenía demencia senil, le aguantaba el corazón, nada más. Ella nunca quiso participar de las marchas y demás por terror a que le sacaran a mi sobrina.

Las madres
El poeta Wilson Falero se refirió a “la vieja Pacha” -así llamaban a la madre de los Severo Barreto- como una de las figuras más relevantes de esta historia, y un verdadero pilar para sus hijos. “Si no hubieran estado las madres se nos hubiera hecho muy difícil de aguantar la lucha”, dijo. Hasta la última vez que la vio, Blanca le seguía preguntando esperanzada si no creía que sus hijos pudieran seguir vivos. “Se negaba a creer que estuvieran sin vida, era una vieja preciosa”, recordó Falero a SdR.

-¿Recordás cómo era el vínculo con tus hermanos?

-Siempre fue bueno, por eso sigo, y les juré seguir buscándolos hasta que me muera. Pero viste que a veces no aguantás, no es tan fácil, pero como dijo mi hijo, es lo que nos tocó vivir. Los más lindos recuerdos de mi niñez son de cuando estábamos en el sindicato, jugábamos e íbamos a la escuela. Como típica familia numerosa del Interior, los hermanos más grandes cuidaban a los más chicos. Mi madre se encargaba de las tareas domésticas y mi padre pasaba mucho tiempo en la zafra. Ary iba a cortar caña con 10 años y no terminó la escuela. Era muy mimada de mi hermano mayor, siempre me entendía en todo.

-¿Tus hijos te apoyan en esta lucha?

-Ellos asisten a la marcha o alguna charla, apoyan desde ese lugar. Hace muchos años que estoy con esto, les quité mucho tiempo y me pasaron factura, por supuesto, pero ahora lo entienden más. “¡No te podemos parar!”, me dicen. Es que para algo me dejaron viva…

Maia Bidegain